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EStudio del texto 4 curso (2).docx
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Me gustaría decírtelo

No sé muy bien qué es, pero me parece importante. Llevo tiempo dándole vueltas. Y no lo lamento. Ni lo puedo evitar. Ni lo quiero. Creo que no es falta de decisión, ni es voluntad de ocultar, es que no estoy seguro de conocer qué es eso tan importante que debes oir y que me gustaría que supieras. Es como si sintiera la necesidad de que nos sentáramos tranquilos, en un lugar agradable, y pudiéramos charlar serenamente, dejándonos decir poco a poco. Pero nunca encuentro la ocasión, siempre me resulta inoportuno, o me falta ánimo o no tengo fuerzas. Si fuera capaz de hacerlo, brotaría aquello que me resulta tan decisivo y que es muy probable que ni siquiera yo conozca. Es más, pienso que, al comunicártelo, tal vez al mismo tiempo me enterara yo. Y podría ser decepcionante, sobre todo si se constatara que es algo trivial.

Siempre considero que no te digo cuanto siento, cuanto pienso, cuanto creo, cuanto me importa, cuanto me mueve, cuanto me desespera. Sobre todo, cuanto sueño. No es que se me olvide al despertar, es que si lo sueño, despierto. Y si despierto del todo, ya no puedo ni soñar. E, insisto, no es porque lo guarde para mí. En ocasiones, no hay modo de llegar ni a las propias palabras. Son nuestras y, sin embargo, nos faltan. Están tan incorporadas a lo que somos, que son exactamente eso, cuanto hacemos y sentimos. Y ése es otro modo de hablar. Tal vez eso que no te digo se identifique tanto conmigo que al comunicártelo no me quedaría ya nada más de mí. Me vaciaría de tal modo que, en definitiva, comprobada la verdad de eso, ya no habría ni zarza, ni fuego, ni deseo en mí.

Eso que silencio, y que ni siquiera me callo, eso que no te digo es lo que me impulsa, me acerca, me sitúa a tu lado. Sólo lo guardo para ti, sólo a ti te lo diría, pero no sé qué es. No lo sé, pero compruebo que únicamente existe contigo. Me une a ti, como a ti me une lo que busco, eso que comparto sin transmitírtelo, porque sé que comprendes mejor que nadie que no lo sepa, más aún que ni siquiera pueda decirte aquello que me afecta, lo que me alienta y que nunca sería capaz ni de resumir ni de presentar. Tú comprendes que no esté al corriente ni de lo más mío. En ocasiones vislumbro que eso que no digo es algo que está en mí y que, sin embargo, me pasa en ti. Quizás eso que silencio sólo puedas decírmelo tú. Y noto que, a tu modo, me lo dices.

TEXTO 4

El parque estaba discretamente poblado por amas de casa que habían llevado a sus hijos a tomar el sol. Julio se fijó en Laura en seguida. Estaba sentada en un banco, entre dos señoras, con las que parecía conversar. Su rostro, y el resto de su anatomía en general, eran vulgares, pero debieron remitirle a algo antiguo, y desde luego oscuro, en lo que sintió que debía haber estado implicado. Tendría unos treinta y cinco años y llevaba una melena veteada que se rizaba en las puntas, intentando quebrar una disposición de los cabellos que evocaba en Julio alguna forma de sumisión; las ondulaciones, más que quebrar esa disposición, la acentuaban. Sus ojos, con ser normales, tenían cierta capacidad de penetración, y cuando se combinaban con los labios, en una especie de sincronía cómplice y algo malévola, lograban seducir imperceptiblemente. El resto de su cuerpo era una línea ligeramente ensanchada en las caderas, que -sin llegar a resultar desgarbada- carecía de la apariencia de efebo que tal clase de cuerpo suele evocar, especialmente si pertenece a una mujer madura.

Juan José Millás, El desorden de tu nombre

TEXTO 5

[...] En el gran salón de la Sociedad Recreativa del Casino las lámparas de araña multiplicaban la dorada pedrería en sus reflejos cristalinos, como si un incendio de luces amarillas fuese asolando los techos, derramando sus llamas como lenguas centelleantes que lamieran los arabescos estucados.

Benjamín Otero apenas podía sustraer la mirada a aquel luminoso esplendor, que cernía su corona sobre el salpicado bullicio de quienes por el salón se iban distribuyendo.

Un cerco de sillas, alineadas contra las paredes, remarcaba los amplios espacios libres dispuestos para el baile. Por las salas adyacentes, que comunicaban por sendos arcos laterales con el salón, se movían presurosos algunos camareros, retocando manteles y ordenando cristalerías.

Benjamín se vio envuelto en un persistente aplauso, y su tío le dio con el codo para bajarle de las nubes. Mecánicamente se puso a aplaudir también.

Hacia el estrado, que levantaba como una mediana proa a modo de reducido escenario cuajado de flores, caminaban la Reina y sus Damas. Los aplausos continuaron hasta que fueron tomando asiento: la Reina en su trono, alzado unos peldaños, y las Damas ordenadamente dispuestas a su vera.

Benjamín distinguió un vertiginoso cabrilleo de diademas, un fuego blanco de vibrátiles lenguas en el paisaje de la instalada Corte. [...]

Luis Mateo Díez, La fuente de la edad

TEXTO 6

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