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Goleman Daniel Inteligencia Emocional.doc
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La neuroquimica de la timidez

En opinión de Kagan, la diferencia existente entre el cauteloso Tom y el expansivo Ralph se origina en la excitabilidad de un circuito nervioso centrado en la amígdala. Según Kagan, la gente proclive, como Tom, a la timidez, tiene una predisposición neuroquimica innata a la hiperexcitabilidad de ese circuito y éste es el motivo por el cual evitan las situaciones desconocidas, huyen de la incertidumbre y sufren de ansiedad. Por el contrario, quienes, como Ralph, tienen un sistema nervioso calibrado a un umbral superior de activación de la amígdala, son menos temerosos, más expansivos y más dispuestos a explorar lugares desconocidos y conocer a nuevas personas.

Uno de los indicadores más tempranos de este patrón nervioso heredado es lo difícil e irritable que es el niño o lo tenso que se pone cada vez que debe enfrentarse a algo o alguien desconocido. El hecho es que uno de cada cinco niños recién nacidos cae en la categoría de los tímidos y que dos de cada cinco lo hacen en la categoría de los abiertos.

Gran parte de los datos presentados por Kagan proceden de observaciones realizadas con gatos, que son animales extraordinariamente tímidos. Uno de cada siete gatos caseros presenta una pauta de timidez parecida a la de los niños vergonzosos; son gatos que, en lugar de exhibir la legendaria curiosidad felina, huyen de las novedades, son reacios a explorar nuevos territorios y son tan retraídos que sólo atacan a los roedores pequeños (mientras que sus congéneres más animosos no dudan en perseguir a roedores mayores). Las investigaciones realizadas directamente en el cerebro de los gatos tímidos muestran una amígdala más excitable de lo normal, especialmente cuando, por ejemplo, oyen el maullido amenazador de otro gato.

En el caso de los gatos, la timidez aparece alrededor del primer mes de vida, que es el momento en el que la amígdala se encuentra suficientemente madura para asumir el control de los circuitos nerviosos cerebrales encargados de las respuestas de aproximación o huida. Un mes en el cerebro de un gatito es equiparable a ocho meses en el cerebro humano, el periodo en el que, según Kagan, aparece el miedo a lo «desconocido» en los bebés (es precisamente durante este período, si la madre abandona la habitación y deja al niño en presencia de un extraño, el niño rompe a llorar). Tal vez —postula Kagan— los niños tímidos hereden un porcentaje crónicamente elevado de noradrenalina o de algún otro neurotransmisor cerebral que estimule la amígdala y así rebaje el umbral de excitabilidad que facilite la activación de la amígdala.

Uno de los síntomas de esta exacerbación de la sensibilidad es que ante situaciones de estrés (como, por ejemplo, olores desagradables) los chicos y chicas que vivieron una infancia tímida muestran una frecuencia cardiaca mucho más elevada que la de sus compañeros, un síntoma que sugiere que la noradrenalina está activando su amígdala y todo su sistema nervioso simpático. Kagan descubrió que los niños tímidos presentan una reactividad mayor en todas las manifestaciones del sistema nervioso simpático, desde la presión sanguínea hasta la dilatación de las pupilas y los niveles de marcadores de noradrenalina en su orina.

El silencio es también otro termómetro de la timidez. Dondequiera que el equipo de Kagan observara niños tímidos y niños abiertos en un entorno natural —ya fuera en el jardín de infancia, con niños desconocidos o charlando con el entrevistador—, los niños tímidos hablaban menos. Un niño tímido de esta edad no suele responder cuando le hablan, y pasa mucho más tiempo mirando cómo juegan los demás. En opinión de Kagan, el silencio vergonzoso frente a una situación insólita o frente a lo que percibe como una amenaza constituye un signo de la actividad de los circuitos nerviosos que conectan la zona frontal, la amígdala y las estructuras límbicas próximas que controlan la capacidad de vocalizar (los mismos circuitos que nos hacen «colapsamos» en situaciones de estrés).

Estos niños hipersensibles corren un gran riesgo de desarrollar trastornos de ansiedad —como, por ejemplo, ataques de pánico— en una época tan temprana como el sexto o séptimo curso. En un estudio llevado a cabo sobre 754 chicos y chicas de estas edades se descubrió que 44 de ellos ya habían sufrido al menos un ataque de pánico o habían experimentado síntomas similares con anterioridad. Normalmente, estos episodios de ansiedad fueron desencadenados por las situaciones conflictivas propias de la temprana adolescencia -como una primera cita o un examen importante, por ejemplo-, situaciones que la mayoría de los niños aprende a manejar sin llegar a desarrollar problemas más serios. Pero los adolescentes temperamentalmente tímidos y normalmente temerosos de las situaciones desconocidas presentaban los síntomas típicos del pánico (palpitaciones cardíacas, insuficiencia respiratoria o una sensación de angustia) junto al sentimiento de que algo terrible estaba a punto de ocurrirles (como, por ejemplo, volverse locos o morir). Los investigadores creen que, aunque los episodios no eran lo bastante significativos como para merecer el diagnóstico psiquiátrico de «crisis de pánico», estos adolescentes corren un grave riesgo de desarrollar este tipo de problemas; de hecho, muchos de los adultos que sufren de ataques de pánico afirman que éstos comenzaron en su pubertad. El punto de partida de los ataques de ansiedad está estrechamente ligado a la pubertad. Las chicas que manifiestan pocos signos de pubertad no suelen presentar tales ataques pero un 8% aproximadamente de las que atraviesan la pubertad afirman haber experimentado ataques de pánico que suelen terminar conduciéndolas a una contracción crónica ante la vida.

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