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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Valdir estaba esperando en el aeropuerto de Corumbá cuando el Gulfstream rodó hasta la pequeña

terminal. Era la una de la madrugada, el aeropuerto estaba desierto y sólo había un puñado de pequeños aviones

al fondo de la pista. Nate les echó un vistazo y se preguntó si Milton habría regresado al Pantanal.

Él y Valdir se saludaron como viejos amigos. Éste se asombró del saludable aspecto que ofrecía. La

última vez que se habían visto, Nate se tambaleaba con aspecto cadavérico a causa del dengue.

Abandonaron el aeropuerto en el Fiat de Valdir, a través de cuyas ventanillas abiertas un cálido y

sofocante aire azotaba el rostro de Nate. Los pilotos los seguirían en un taxi. Las polvorientas calles estaban

desiertas. Nada se movía. Al llegar al centro, se detuvieron delante del hotel Palace. Valdir le entregó a Nate una

llave.

—Habitación doscientos doce —le dijo—. Te veré a las seis.

Nate durmió cuatro horas, y estaba esperando en la acera cuando el sol matutino asomó por entre los

edificios. Una de las primeras cosas en que reparó fue que el cielo estaba despejado. La estación de las lluvias

había terminado hacía un mes. Se avecinaba un tiempo más fresco, si bien en Corumbá la temperatura diurna

raras veces bajaba de los veintiocho grados. En su pesada bolsa Nate llevaba todos los documentos, una cámara

fotográfica, un nuevo teléfono satélite y otro celular, un frasco del repelente para insectos más potente creado

por la química moderna, un regalito para Rachel y dos mudas de ropa. Vestía camisa de manga larga y gruesos

pantalones color caqui que protegían sus piernas. Quizás estuviese incómodo y sudara un poco, pero ningún

insecto atravesaría su armadura.

A las seis en punto apareció Valdir, y ambos se dirigieron a toda velocidad al aeropuerto. La ciudad

cobraba vida lentamente.

Valdir había alquilado el helicóptero a mil dólares la hora. Tenía capacidad para cuatro pasajeros, llevaba

dos pilotos y su autonomía de vuelo era de casi quinientos kilómetros. Valdir y los pilotos estudiaron los mapas

del río Xeco proporcionados por Jevy y de los afluentes que vertían sus aguas en él. Ahora que el nivel de las

aguas había bajado, era mucho más fácil navegar por el Pantanal, tanto por aire como por agua. Los ríos

discurrían sin invadir las orillas y las fazendas estaban por encima del nivel de las aguas y era posible ubicarlas

en los mapas aéreos.

John Grisham El testamento

192

Mientras Nate metía su bolsa de viaje en el helicóptero, procuró no pensar en su último vuelo sobre el

Pantanal. Todas las probabilidades estaban a su favor. Si no se había estrellado antes, ya era imposible que lo

hiciese.

Valdir prefirió quedarse en tierra, cerca de un teléfono. No le gustaba volar, y mucho menos en un

helicóptero que se dirigiese al Pantanal. El cielo estaba despejado cuando despegaron. Nate llevaba casco y

había ajustado el cinturón de seguridad. Siguieron el curso del Paraguay hasta alejarse de Corumbá. Los

pescadores los saludaron con la mano. Unos chiquillos hundidos hasta las rodillas en el río elevaron la vista

hacia el helicóptero. Sobrevolaron una chalana cargada de bananas que se dirigía al norte, como ellos. Después

vieron otra frágil embarcación que navegaba rumbo al sur.

Nate se acostumbró al ruido y la vibración del aparato. Prestó atención con sus auriculares mientras los

pilotos conversaban en portugués. Recordó el Santa Loura y su resaca la última vez que había abandonado

Corumbá para dirigirse hacia el norte.

Se elevaron hasta seiscientos metros de altitud y el helicóptero niveló su posición. Cuando ya llevaban

treinta minutos de vuelo, Nate vio la tienda de Fernando a la orilla del río.

Se asombró de lo mucho que cambiaba el Pantanal de una estación a otra. Seguía siendo una interminable

serie de pantanos, lagunas y ríos que serpeaban en todas direcciones, pero ahora que las aguas se habían

retirado, todo estaba mucho más verde.

Siguieron el curso del Paraguay. Los cielos se mantenían despejados y azules bajo la atenta mirada de

Nate, que no pudo evitar recordar el aterrizaje de emergencia con el aparato de Milton la víspera de Navidad. La

tormenta se había acercado a las montañas sin darles tiempo a advertirla.

Los pilotos bajaron a trescientos metros sobrevolando en círculo la zona mientras señalaban hacia abajo

como si ya hubieran encontrado su objetivo. Nate oyó la palabra «Xeco» y vio un afluente que vertía sus aguas

en el Paraguay. Por supuesto, no recordaba nada del río Xeco. En el transcurso de su primer encuentro con él,

estaba acurrucado bajo una tienda de campaña en el fondo de una embarcación, deseando morir. A continuación,

giraron hacia el oeste y a la izquierda del río principal, siguiendo el tortuoso curso del Xeco en dirección a las

montañas de Bolivia. Estaban buscando una chalana azul y amarilla.

En tierra, Jevy oyó el lejano zumbido del helicóptero. Lanzó rápidamente una bengala anaranjada. Welly

hizo otro tanto. Las bengalas ardieron y dejaron un reguero de humo azul y plateado. Al cabo de pocos minutos

apareció el helicóptero y empezó a volar lentamente en círculo.

Jevy y Welly habían abierto con sus machetes un claro entre los espesos matorrales situados a unos

cincuenta metros de la orilla. Un mes atrás aquel paraje se encontraba bajo el agua. El helicóptero se inclinó

mientras descendía muy lentamente. Cuando las hélices se detuvieron, Nate saltó al suelo y abrazó a sus viejos

compañeros. Llevaba más de dos meses sin verlos, y que ahora él estuviese nuevamente allí constituía una

sorpresa para los tres.

El tiempo era oro. Nate temía las tormentas, la oscuridad, las inundaciones y los mosquitos, y quería

darse la mayor prisa posible. Se acercaron a la chalana que había a la orilla del río. A su lado se encontraba una

larga y limpia batea que parecía aguardar el inicio de su travesía inaugural. Amarrada a su lado, una lancha fuera

de borda nueva, cortesía de la testamentaría Phelan. Nate y Jevy subieron a la lancha, se despidieron de Welly y

de los pilotos y salieron disparados.

Los poblados se encontraban a dos horas de distancia, explicó Jevy a gritos sobre el trasfondo del rugido

del motor. Él y Welly habían llegado la tarde de la víspera a bordo de la chalana. El río se había vuelto

demasiado pequeño incluso para ella, por lo que la habían amarrado cerca de un paraje lo bastante llano como

para que el helicóptero pudiera aterrizar en él. Después habían subido a la batea para dirigirse al primer poblado.

Jevy había reconocido el acceso, pero habían dado media vuelta antes de que los indios los oyeran.

Transcurrieron dos horas, tal vez tres. Nate esperaba que no fueran cinco. No quería, en ninguna circunstancia,

dormir en tierra, en una hamaca o en una tienda. Lo último que deseaba era exponer su piel a los peligros de la

selva. Los horrores del dengue estaban demasiado recientes en su memoria.

En caso de que no consiguieran encontrar a Rachel, regresaría a Corumbá en el helicóptero, disfrutaría de

una agradable cena con Valdir, dormiría en una cama y volvería a intentarlo al día siguiente. La testamentaría

podía comprar el maldito helicóptero si le apetecía.

Como siempre, sin embargo, Jevy se mostraba confiado. La embarcación cortaba el agua y la proa

brincaba mientras el poderoso motor los transportaba a toda velocidad. Qué bonito era navegar en una fuera de

borda que emitía un prolongado, eficaz e ininterrumpido rugido. Se sentían invencibles.

Una vez más, el Pantanal ejerció un poder hipnótico sobre Nate; los caimanes que se movían en las aguas

someras mientras ellos navegaban velozmente por su lado, los pájaros que sobrevolaban el río casi rozando el

agua, el soberbio aislamiento de aquellos parajes... Se habían adentrado tanto que ya no podían ver ninguna

fazenda. Estaban buscando a una gente que llevaba muchos siglos allí.

John Grisham El testamento

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Veinticuatro horas antes Nate estaba sentado en el porche de la casa de Josh, con las piernas cubiertas

con una manta, tomando café mientras contemplaba los barcos que surcaban la bahía y esperaba la llamada de

Phil, comunicándole que se disponía a bajar al sótano.

Le costó una hora de navegación acostumbrarse al lugar en que ahora se encontraba.

El río no le resultaba familiar. La última vez que habían encontrado a los ipicas estaban perdidos,

asustados, mojados y hambrientos, y sólo confiaban en las indicaciones que les había dado un joven pescador.

Las aguas estaban muy crecidas y cubrían las señales características que les hubieran permitido orientarse.

Nate contempló el cielo como si temiese que empezaran a caer bombas. En cuanto se formase el primer

nubarrón, daría media vuelta.

De pronto, un meandro del río se le antojó familiar. Quizas estuviese muy cerca de su objetivo. ¿Lo

recibiría Rachel con una sonrisa y un abrazo, se sentaría con él a la sombra de un árbol para charlar un rato en

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