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John Grisham - El testamento.doc
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12.11.2019
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☆

Ventanas.

En el puente, Jevy se puso un poncho amarillo manchado de grasa y luchó contra el agua que le azotaba

el rostro. La pequeña timonera carecía de ventanas. Los dos reflectores intentaban mostrar el camino en medio

de la oscuridad, pero apenas conseguían iluminar quince metros de las embravecidas aguas que tenían delante.

Jevy conocía muy bien el río y había pasado por tormentas mucho peores.

El balanceo y los cabeceos del barco dificultaban la lectura. Al cabo de unos cuantos minutos, Nate

empezó a marearse. En su maleta encontró un poncho con capucha largo hasta la rodilla. Josh había estado en

todo. Agarrándose a las barandillas subió lentamente los peldaños y encontró a Welly acurrucado junto a la

timonera, completamente empapado.

El curso del río se desviaba hacia el este, en dirección al corazón del Pantanal y, cuando el barco dobló el

meandro, el viento le azotó el costado y lo sacudió con tal fuerza que Nate y Welly se vieron lanzados

violentamente hacia la borda. Jevy permanecía apoyado contra la puerta de la timonera, con los musculosos

brazos firmemente cruzados, procurando no perder el control en ningún momento.

John Grisham El testamento

71

Las ráfagas de viento se sucedían implacables a intervalos de pocos segundos, hasta que el Santa Loura

ya no pudo navegar contra la corriente. Ahora la fría lluvia los azotaba con fuerza y les caía encima formando

densas cortinas. Jevy encontró una alargada linterna en una caja que había al lado del timón, y se la entregó a

Welly.

—¡Busca la orilla! —le indicó a voz en grito, luchando contra el viento y la fuerte lluvia.

Nate avanzó pegado al costado del barco porque también quería comprobar hacia dónde se dirigían.

Sin embargo, el haz luminoso no captó más que una cortina de lluvia tan espesa que parecía niebla,

arremolinándose por encima de la superficie del agua.

Los relámpagos acudieron en su ayuda. Bajo su resplandor, pudieron ver la densa vegetación de la orilla

no muy lejos del lugar donde en aquellos momentos se encontraban. El viento los empujaba hacia ella.

Welly gritó y Jevy le contestó con otro grito, justo en el momento en que una nueva ráfaga de viento

azotaba violentamente el barco y lo hacía escorar peligrosamente por la banda de estribor. La súbita sacudida le

arrancó a Welly la linterna de las manos y los tres la vieron desaparecer bajo el agua. Agachado en el pasamano

y agarrado a la barandilla, chorreando agua y temblando, Nate pensó que estaba a punto de ocurrir una de entre

dos posibilidades y que ninguna de ellas estaba bajo su control. La primera: el barco estaba a punto de zozobrar.

0, en caso de que no zozobrara, estaba a punto de ser empujado contra el lodazal de la orilla del río, donde

vivían los caimanes. Estaba simplemente un poco asustado hasta que recordó los papeles.

Los papeles no debían perderse en ninguna circunstancia. Se levantó de repente en el momento en que el

barco volvía a escorar, y estuvo en un tris de caer por la borda.

—¡Tengo que bajar! —le gritó a Jevy.

El capitán, que también parecía asustado, sujetaba fuertemente el timón.

De espaldas al viento, Nate bajó por los peldaños de rejilla. La cubierta estaba resbaladiza a causa del

gasóleo que se escapaba de un barril volcado. Trató de levantarlo, pero para ello hubieran hecho falta dos

hombres. Se agachó para entrar en el camarote, arrojó el poncho a un rincón y fue por la cartera que guardaba

bajo la litera. El viento azotó con fuerza el barco, que cabeceó y lo sorprendió en un momento en que no estaba

agarrado a nada, arrojándolo violentamente contra el mamparo con los pies por encima de la cabeza.

Nate tenía muy claro que había dos cosas que no podía perder. Primero, los papeles; segundo, el teléfono

satélite. Ambas cosas se encontraban en la cartera, que era nueva y muy bonita, pero no impermeable. La apretó

contra su pecho y permaneció tendido en la litera mientras el Santa Loura capeaba el temporal. De repente, cesó

la vibración. Nate pensó que Jevy había apagado el motor accionando algún mando. Oyó las pisadas de los dos

tripulantes directamente por encima de su cabeza. «Estamos a punto de ser lanzados contra la orilla —pensó—,

y es mejor que la hélice esté libre. Seguramente no se trata de un problema en el motor.»

Se apagaron las luces. La oscuridad era total.

Tendido completamente a oscuras en su litera, zarandeado por los balanceos y cabeceos del barco a la

espera de que éste se estrellara contra la orilla, a Nate se le ocurrió una horrible posibilidad. En caso de que

Rachel Lane se negara a firmar el acuse de recibo, la renuncia o ambos, quizá fuese necesario un viaje de

regreso. Meses de camino, tal vez años; alguien, probablemente él mismo, se vería obligado a subir de nuevo por

el río Paraguay para comunicarle a la misionera más rica del mundo que los trámites ya habían terminado y el

dinero era suyo.

Había leído que los misioneros se tomaban permisos, unas largas pausas en su tarea, en las que

regresaban a Estados Unidos para recargar las pilas. ¿Por qué no podía Rachel tomarse un permiso, quizás

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