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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Insinuar que Rachel tiene previsto rechazar la herencia haría que perdiésemos el control de la situación. Los

herederos Phelan y sus abogados se volverían locos, y el juez perdería repentinamente cualquier interés en

apoyar el último testamento de Troy.

—¿Significa eso que yo soy su abogado?

—No habrá más remedio, Nate. Si quieres irte, me parece muy bien, pero tendrás que encargarte de un

último caso. Tú limítate a sentarte a la mesa y a proteger sus intereses. Del levantamiento de peso nos

encargaremos nosotros.

—Pero hay un problema: yo soy socio de tu bufete.

—Se trata de un problema menor, porque nuestros intereses son los mismos. Nosotros (la testamentaría y

Rachel) tenemos el mismo objetivo: proteger el testamento. Nos sentamos a la misma mesa. Y, técnicamente,

podemos declarar que abandonaste el bufete el pasado mes de agosto.

—Hay mucha verdad en eso.

Ambos reconocían la triste realidad. Josh tomó un sorbo de té sin apartar los ojos de Nate.

—En determinado momento iremos a ver a Wycliff y le diremos que has localizado a Rachel, que ella no

tiene previsto presentarse en este momento, y que aun cuando no sabe muy bien qué hacer, desea que defiendas

sus intereses.

—Eso es mentirle al juez.

—Sólo una mentirijilla, Nate, que más tarde él mismo nos agradecerá. Está deseando que se inicie el

litigio, pero no ocurrirá hasta que tenga noticias de Rachel. Si tú eres su abogado, ya puede empezar la guerra.

La mentira la diré yo.

—0 sea, que soy un abogado independiente y trabajo en mi último caso.

—Exacto.

—Quiero irme de la ciudad, Josh —dijo Nate. Soltó una carcajada y añadió—: ¿Dónde iba a vivir aquí?

—¿Adónde vas?

—No lo sé. Mis pensamientos todavía no han llegado tan lejos.

—Se me ocurre una idea.

—No me cabe la menor duda.

—Vete a mi casa de la bahía de Chesapeake. En invierno no la utilizamos. Está en Saint Michaels, a dos

horas de carretera. Puedes venir cuando te necesitemos y quedarte allí cuando no. Te repito, Nate, que nosotros

nos encargaremos del trabajo.

Nate se pasó un rato estudiando las estanterías de libros. Veinticuatro horas antes estaba comiendo un

bocadillo sentado en un banco de un parque de Corumbá, desde el cual contemplaba a los peatones a la espera

de que apareciera Rachel. Había jurado no volver a entrar voluntariamente en una sala de justicia. Pero no tenía

más remedio que reconocer, muy a pesar suyo, que el plan le atraía. Jamás hubiera podido imaginar un cliente

mejor. El caso no acabaría en juicio. Y, con el dinero que estaba en juego, él por lo menos podría ganarse la vida

durante unos cuantos meses.

Josh se terminó la sopa y pasó al siguiente punto de la lista.

—Te propongo unos honorarios de diez mil dólares mensuales.

—Es una suma muy generosa, Josh.

—Creo que podemos sacarla de la herencia del viejo, y, como no tendrás que ceder nada para los gastos

generales del bufete, te ayudará a recuperarte.

—Hasta que...

—Exacto, hasta que resolvamos la cuestión de Hacienda.

—¿Sabes algo del juez?

John Grisham El testamento

145

—Le llamo de vez en cuando. La semana pasada almorzamos juntos.

—De modo que sois amigos.

—Nos conocemos desde hace mucho tiempo. No te preocupes por la cárcel, Nate. El Estado se

conformará con imponerte una fuerte multa y privarte durante cinco años de tu licencia da abogado.

—Por mí pueden quedársela.

—Todavía no. La necesitamos para otro caso.

—¿Cuánto tiempo esperará el Estado?

—Un año. No es urgente.

—Gracias, Josh.

Nate estaba empezando a sentirse cansado. El vuelo nocturno, los estragos de la selva, el combate mental

con Josh... Necesitaba acostarse en una cálida y mullida cama en una habitación completamente a oscuras.

A las seis de la mañana del lunes, Nate terminó de darse otra ducha caliente, la tercera en veinticuatro

horas, y empezó a forjar planes para irse de allí cuanto antes. La casa en la bahía estaba llamándolo. El distrito

de Columbia había sido su hogar durante veintiséis años, pero, tras haber adoptado la decisión de marcharse,

deseaba hacerlo cuanto antes.

Como no tenía domicilio, la mudanza sería muy fácil. Encontró a Josh sentado junto a su escritorio del

despacho del sótano, hablando por teléfono con un cliente de Tailandia. Mientras escuchaba la mitad de la

conversación acerca de unos yacimientos de gas natural, Nate se alegró infinitamente de estar a punto de

abandonar el ejercicio de la abogacía. Josh le llevaba doce años, era muy rico y su idea de la diversión era estar

en su despacho a las seis y media de la mañana de un domingo. «No dejes que a mí me ocurra lo mismo», pensó

Nate, pero sabía que no le ocurría. Si regresaba al despacho, volvería a pegarse las mismas palizas de antes. El

hecho de que hubiera pasado por cuatro desintoxicaciones significaba que la quinta estaba a la vuelta de la

esquina. Él no era tan fuerte como Josh. Moriría en cuestión de diez años.

El hecho de dejar aquel trabajo contenía una cierta dosis de emoción. Demandar a los médicos era una

tarea desagradable de la que podía prescindir sin problemas. Tampoco echaría de menos la tensión de un

despacho tremendamente dinámico. Él ya había hecho carrera y cosechado triunfos, pero no sabía asimilar el

éxito, y éste sólo le había reportado sufrimiento, arrojándolo al arroyo.

Ahora que se había librado del horror de la cárcel podría disfrutar de una nueva vida.

Se fue con el portaequipaje lleno de ropa y dejó lo demás en una caja, en el garaje de Josh. Ya no nevaba,

pero las máquinas quitanieves seguían trabajando. Las calles estaban resbaladizas y, tras recorrer dos manzanas,

se le ocurrió pensar que llevaba más de cinco meses sin sentarse al volante de un automóvil. Afortunadamente

no había tráfico y pudo circular sin prisa por Wisconsin hasta llegar a Chevy Chase y desde allí a la carretera de

circunvalación, donde ya habían quitado el hielo y la nieve.

Solo en su espléndido automóvil, volvió a sentirse de nuevo un ciudadano norteamericano. Recordó a

Jevy, con su ruidosa y peligrosa camioneta Ford, y se preguntó cuánto tiempo duraría ésta en la carretera de

circunvalación. Se acordó también de Welly, un muchacho tan pobre que su familia ni siquiera tenía coche. En

días sucesivos tenía previsto escribir algunas cartas, y una de ellas la enviaría a sus amigos de Corumbá.

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