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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Instante.

El aeropuerto estaba desierto. Aparcaron en la pequeña terminal y se dirigieron a un extremo de la pista

de aterrizaje, donde había cuatro pequeños aparatos. Un piloto a quien Jevy no conocía estaba poniendo a punto

uno de ellos. Se hicieron las correspondientes presentaciones en portugués. El piloto se llamaba Milton, o eso

creyó entender Nate. Parecía simpático, pero era evidente que hubiera preferido no volar ni trabajar en vísperas

de Navidad.

Mientras los brasileños conversaban, Nate examinó el aparato. Lo primero que observó fue que

necesitaba una mano de pintura, lo cual lo preocupó sobremanera. Si el exterior se encontraba en semejante

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estado, ¿qué podía esperarse del interior? Los neumáticos, sin embargo, brillaban como espejos. Había manchas

de gasolina alrededor de la zona del único motor. Era un viejo Cessna 206.

Les llevó quince minutos llenar el depósito de combustible, y la salida, programada para primera hora de

la mañana, estaba retrasándose, pues ya eran casi las diez. Nate sacó el elegante teléfono móvil que guardaba en

el espacioso bolsillo de sus pantalones cortos y llamó a Sergio. Éste le dijo que estaba tomando café con su

mujer y que se disponía a salir a hacer unas compras de última hora. Nate se alegró una vez más de no estar en

Estados Unidos y de encontrarse lejos del frenesí navideño. En la costa del Atlántico medio hacía frío y caía

aguanieve. Nate le aseguró a Sergio que seguía entero y sin problemas.

Creía haber detenido el deslizamiento; había sido un fugaz momento de debilidad, y por eso decidió no

mencionárselo a Sergio. Debería haberlo hecho, pero ¿por qué preocuparlo?

Mientras ambos hablaban, el sol se ocultó detrás de una negra nube y unas dispersas gotas de lluvia

cayeron alrededor de Nate, que apenas se dio cuenta de ello. Colgó tras un obligado «Feliz Navidad».

El piloto anunció que ya estaba todo listo.

—¿Te sientes seguro? —le preguntó Nate a Jevy mientras cargaban en el aparato la cartera de

documentos y una mochila.

Jevy soltó una carcajada.

—No hay problema —dijo—. Este hombre tiene cuatro hijos pequeños y una bonita esposa, o eso dice él

por lo menos; ¿por qué iba a poner en peligro su vida?

Jevy quería tomar lecciones de vuelo, por lo que se ofreció a ocupar el asiento de la derecha, al lado de

Milton. A Nate le pareció muy bien. Se sentó en el pequeño asiento de atrás y se abrochó el cinturón de

seguridad lo mejor que pudo. El motor se encendió con cierto titubeo, excesivo a juicio de Nate. La pequeña

cabina parecía un horno hasta que Milton abrió su ventanilla. La corriente de aire generada por el movimiento de

la hélice los ayudó a respirar. Rodaron brincando por la pista hasta llegar al final de la misma. No tuvieron

ningún problema con la autorización de despegue, pues no había ningún otro aparato a punto de aterrizar o

levantar vuelo. Cuando al fin despegaron, Nate tenía la camisa pegada al pecho y el sudor le bajaba por el

cuello.

Corumbá quedó inmediatamente debajo de ellos. Desde el aire la ciudad parecía más bonita, con sus

pulcras hileras de casitas y sus calles aparentemente tranquilas y ordenadas. En el centro reinaba más ajetreo que

antes, había atascos y los peatones caminaban deprisa por las aceras. La ciudad se levantaba en lo alto de una

barranca que dominaba el río. Siguieron el curso de éste hacia el norte mientras tomaban lentamente altura y

Corumbá desaparecía a sus espaldas. Había nubes dispersas y una ligera turbulencia.

A mil doscientos metros de altura, la majestuosa extensión del Pantanal surgió de repente ante sus ojos

mientras atravesaban una nube enorme y siniestra. Al este y al norte, docenas de riachuelos describían círculos

sin ir a ninguna parte, uniendo centenares de marjales entre sí. Los ríos bajaban crecidos y en muchas zonas sus

cauces se juntaban. Los tonos del agua eran muy variados. La que estaba estancada en los marjales era de color

azul oscuro, que se convertía en negro allí donde abundaban las malas hierbas. Las lagunas más profundas eran

de color verde. Los afluentes menores arrastraban una tierra rojiza y el caudaloso Paraguay era de un color

marrón oscuro tan intenso como el del chocolate malteado. En el horizonte, hasta donde alcanzaba la vista, toda

el agua era azul y toda la tierra verde.

Mientras Nate miraba hacia el este y el norte, sus dos acompañantes miraban hacia el oeste, donde se

levantaban las lejanas montañas de Bolivia. Jevy le señaló algo. El cielo estaba más oscuro más allá de las

cumbres.

Cuando ya llevaban quince minutos de vuelo, Nate vio por primera vez una casa. Era una granja

construida junto a la orilla del Paraguay, muy pulcra, con el consabido tejado de tejas rojas. Unas vacas blancas

pastaban en el prado y abrevaban en el río. Cerca de la casa había ropa tendida en una cuerda. No se veía la

menor señal de actividad humana... ni vehículos, ni antena de televisión, ni tendidos eléctricos. A escasa

distancia de la casa, al final de un camino sin asfaltar, había un pequeño huerto vallado. El aparato atravesó una

nube y la granja desapareció.

Más nubes, cada vez más densas. Milton descendió a novecientos metros y se situó debajo de ellas. Jevy

le había dicho que querían ver los lugares de mayor interés, por lo que le pidió que procurara volar lo más bajo

posible. El primer poblado Guató se encontraba a una hora aproximadamente de Corumbá.

Abandonaron durante unos cuantos minutos el curso del río y sobrevolaron una fazenda. Jevy dobló su

mapa y se lo tendió a Nate tras trazar un círculo en él.

—Fazenda da Prata —dijo, señalando hacia abajo.

En el mapa, todas las fazendas tenían nombre, al igual que las grandes fincas. La Fazenda da Prata no era

mucho más grande que la primera granja que había visto Nate. Había vacas, un par de pequeñas dependencias

anexas, una casa un poco más grande y una larga y recta franja de tierra que Nate identificó finalmente como

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una pista de aterrizaje. Cerca de allí no se veía ningún río, y mucho menos carreteras. El único acceso era por

aire.

Milton estaba cada vez más preocupado por el encapotado cielo del oeste. Las nubes se desplazaban

hacia el este y ellos se dirigían al norte, por lo que el encuentro parecía inevitable. Jevy se volvió hacia Nate y

gritó:

—No le gusta el aspecto de aquel cielo de allí.

A Nate tampoco, pero él no era el piloto. Como no se le ocurrió ninguna respuesta, se limitó a encogerse

de hombros.

—Lo estudiaremos unos minutos —añadió Jevy.

Milton quería regresar a casa. Nate deseaba ver por lo menos algunos poblados indios. Aún abrigaba la

débil esperanza de aterrizar, encontrar a Rachel y llevársela a Corumbá tal vez para almorzar con ella en un

bonito café y comentarle la cuestión de la herencia de su padre. Sin embargo, era una esperanza vana que se

esfumaba por momentos.

La posibilidad de emplear un helicóptero no estaba excluida. La herencia se lo podía permitir sin

dificultad. Si Jevy conseguía localizar el poblado y un lugar apropiado para efectuar un aterrizaje, él alquilaría

uno de inmediato.

Estaba soñando.

Otra pequeña fazenda, ésta muy cerca del río Paraguay. Las gotas de lluvia empezaron a azotar las

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