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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Vaqueros almidonados, les sirvió un whisky de malta muy añejo procedente del armario del señor Phelan.

Pidieron puros habanos. Pavarotti cantaba un villancico navideño desde un lejano equipo estereofónico.

—Se me ocurre una idea —dijo Josh, contemplando el fuego de la chimenea—. Tenemos que enviar a

alguien en busca de Rachel Lane, ¿verdad?

Tip estaba dando una profunda calada a su puro y se limitó a asentir con la cabeza.

—Y no podemos enviar a cualquiera —añadió Josh—. Tiene que ser un abogado, alguien capaz de

explicar las cuestiones legales. Y además ha de ser de nuestra firma, porque se trata de un asunto confidencial.

Con la boca llena de humo, Tip siguió asintiendo tranquilamente con la cabeza.

—¿A quién enviamos? —preguntó Josh.

Tip exhaló lentamente el humo por la boca y la nariz; una nube azul pasó por delante de su rostro y subió

hacia el techo.

—¿Eso cuánto tiempo llevará? —dijo finalmente.

—No lo sé, pero no será un viaje rápido. Brasil es un país muy grande, casi tan grande como Estados

Unidos. Y estamos hablando de selvas y montañas. Aquellas gentes están tan aisladas que jamás han visto un

automóvil.

—No seré yo quien vaya.

—Podemos contratar guías locales y aun así el viaje llevaría una semana.

—¿No hay caníbales por allí abajo?

—No.

—¿Ni anacondas?

—Cálmate, Tip. No irás.

—Gracias.

John Grisham El testamento

24

—Pero comprendes el problema, ¿verdad? Tenemos sesenta abogados, todos ellos terriblemente

ocupados y abrumados por más trabajo del que podemos llevar a cabo. Ninguno de nosotros está en condiciones

de dejarlo todo de golpe para ir en busca de esa mujer.

—Envía a un auxiliar.

A Josh no le gustaba la idea. Bebió un sorbo de whisky, dio una calada al habano y prestó atención al

chisporroteo de las llamas en la chimenea.

—Tiene que ser un abogado —dijo casi hablando para sí.

El mayordomo regresó con más bebidas. Preguntó si deseaban postre y café, pero ya habían tomado todo

lo que les apetecía.

—¿Qué tal Nate? —preguntó Josh cuando ambos quedaron otra vez a solas.

Era evidente que Josh había estado pensando en Nate desde el primer momento, lo cual irritó ligeramente

a Tip, que preguntó:

—¿Bromeas?

—No.

Se pasaron un rato estudiando la posibilidad de enviar a Nate mientras cada uno de ellos trataba de

superar sus iniciales reparos y temores. Nate O'Riley era un socio de veintitrés años de antigüedad en la firma

que en aquellos momentos se encontraba confinado en un centro de desintoxicación en los montes Azules, al

oeste del distrito de Columbia. Se había pasado los últimos diez años visitando centros como aquél, y cada una

de las veces se había curado, había superado sus hábitos y se había acercado cada vez más a las más altas cotas

de poder, entregado por entero a su bronceado y a sus partidos de tenis y firmemente dispuesto a librarse de sus

adicciones de una vez por todas. Pero a pesar de insistir en que cada una de sus caídas sería la última y de

afirmar que ya había tocado fondo, la que seguía a la anterior era aún más dura. Ahora, a la edad de cuarenta y

ocho años, O'Riley estaba arruinado, se había divorciado dos veces y acababa de ser denunciado una vez más

por fraude fiscal. Su futuro distaba mucho de ser brillante.

—Era muy aficionado ¿verdad?

—Pues sí. El submarinismo, el montañismo y todas estas bobadas, pero cuando empezó la cuesta abajo se

limitó a trabajar.

La cuesta abajo había comenzado a los treinta y tantos, coincidiendo con el período en que consiguió una

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