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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Iglesia de la Trinidad.

Le apretó la mano con tal fuerza que Nate no pudo por menos que preguntarse si sería el primer forastero

en muchos años.

—Me llamo Nate O'Riley —dijo, y se apresuró a añadir, como si ello contribuyese a definirlo—: De

Washington.

—Ha sido un placer tenerle entre nosotros esta mañana.

Los grandes ojos de Phil danzaban detrás de los cristales de las gafas. Visto de cerca, las arrugas

revelaban que tenía por lo menos cincuenta años. En su cabeza abundaban más los cabellos grises que los rojos.

—Me hospedo unos días en casa de los señores Stafford —explicó Nate.

—Ah, sí, una casa —preciosa. ¿Cuándo llegó usted?

—Esta mañana.

—¿Solo?

—Sí.

—Bien, en tal caso tiene que reunirse a almorzar con nosotros. A Nate le hizo gracia aquella agresiva

hospitalidad.

—Bueno, gracias, pero...

Phil también se estaba deshaciendo en sonrisas.

—No, insisto. Cada vez que nieva mi mujer prepara estofado de cordero. Ahora mismo lo tiene en el

horno. En invierno los huéspedes escasean. Por favor, la rectoría se encuentra justo detrás de la iglesia.

Nate estaba en manos de un hombre que había compartido su mesa dominical con centenares de personas.

—Pero es que, en realidad, yo sólo pasaba por aquí y...

—Será un placer —lo interrumpió Phil, tirando de él en dirección al púlpito—. ¿A qué se dedica usted en

Washington?

—Soy abogado —contestó Nate.

Una respuesta más completa habría sido muy complicada.

—¿Y qué lo ha traído aquí?

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—Es una historia muy larga.

—¡Estupendo! A Laura y a mí nos encantan las historias. Vamos a disfrutar de un largo almuerzo y a

contar historias. Nos lo pasaremos muy bien.

Su entusiasmo era irresistible. El pobre hombre estaba deseando charlar con alguien de fuera.

¿Por qué no?, pensó Nate. No había comida en la casa, y, al parecer, todas las tiendas estaban cerradas.

Pasaron por delante del púlpito y franquearon una puerta. Laura estaba apagando las luces.

—Es el señor O'Riley, de Washington —le anunció Phil a su mujer, levantando la voz—. Ha aceptado

almorzar con nosotros. Laura sonrió y le estrechó la mano. Tenía el cabello gris y muy corto, y aparentaba por lo

menos diez años más que su marido. Si la presencia de un inesperado invitado a su mesa la sorprendió, supo

disimularlo muy bien, pero Nate tuvo la impresión de que era algo que ocurría a menudo.

—Por favor, llámeme Nate.

—Pues lo llamaremos Nate —anunció Phil, quitándose la túnica. La rectoría colindaba con el solar de la

Iglesia y su fachada daba a una calle secundaria. Caminaron pisando con mucho cuidado la nieve.

—¿Qué tal mi sermón? —le preguntó Phil mientras subían por los peldaños del porche.

—Excelente, querido —contestó ella sin el menor entusiasmo. Nate esbozó una sonrisa; sin duda, todos

los domingos, desde hacía muchos años, Phil hacía la misma pregunta en el mismo lugar y a la misma hora, y

recibía la misma respuesta.

Cualquier duda que Nate pudiera albergar acerca de la conveniencia de quedarse a almorzar con ellos se

disipó en cuanto entró en la casa. El penetrante y exquisito aroma del estofado de cordero impregnaba el aire.

Phil atizó las ascuas de la chimenea mientras Laura preparaba la comida.

En el pequeño comedor situado entre la cocina y el estudio, la mesa estaba puesta para cuatro

comensales. Nate se alegró de haber aceptado la invitación, pese a constarle que no habría tenido ninguna

posibilidad de rehusar.

—Nos encanta que esté usted aquí —dijo Phil mientras se sentaban a la mesa—. Tuve la corazonada de

que hoy tendríamos un invitado.

—¿Para quién es este sitio? —preguntó Nate, señalando el asiento vacío.

—Los domingos siempre ponemos la mesa para cuatro —contestó Laura, sin dar más detalles.

Los tres se tomaron de la mano mientras Phil agradecía una vez más a Dios la nieve, las estaciones y la

comida.

—Y haz que siempre estemos atentos a las necesidades y anhelos de los demás —concluyó.

Las palabras desencadenaron un recuerdo en la mente de Nate. Las había escuchado antes, muchísimos

años atrás.

Mientras se pasaban la comida, hicieron los habituales comentarios acerca de las actividades de la

mañana. Solía haber un promedio de unas cuarenta personas en el oficio de las once. La nieve había hecho que

muchos decidieran quedarse en casa y, además, el virus de la gripe estaba causando estragos en la península.

Nate alabó la sencilla belleza del templo. Phil y Laura llevaban seis años en St. Michaels. Cuando apenas habían

empezado a comer, ella comentó:

—Estamos en enero, y aun así tiene usted un bronceado estupendo. No lo habrá conseguido en

Washington, ¿verdad?

—No. Acabo de regresar de Brasil.

Ambos esposos dejaron de comer y se inclinaron un poco más hacia delante. La aventura se había puesto

nuevamente en marcha. Nate tomó una buena cucharada del delicioso estofado e inició su relato.

—Coma, por favor —le decía Laura aproximadamente cada cinco minutos.

Nate tomaba un bocado, masticaba lentamente y seguía. Se limitó a referirse a Rachel como a «la hija de

un cliente». En su relato, las tormentas eran cada vez más fuertes, las serpientes más largas, la embarcación más

pequeña y los indios más hostiles. A Phil le brillaban los ojos de asombro mientras Nate proseguía con su

narración.

Era la segunda vez que Nate hablaba del viaje desde su regreso. Aparte de alguna que otra pequeña

exageración aquí y allá, el relato era fidedigno y lo llenaba de asombro incluso a él. Se trataba de una historia

impresionante y sus anfitriones estaban disfrutando de una pormenorizada versión de los hechos. Siempre que

podían, intercalaban una pregunta.

Cuando Laura despejó la mesa y sirvió de postre bizcochos de chocolate y nueces, Nate y Jevy acababan

de llegar al primer poblado ípica.

—¿Se extrañó ella al verlo? —preguntó Phil cuando Nate le describió la escena en que los indios iban a

buscar a la mujer al poblado para que se reuniera con ellos.

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—Pues no mucho, la verdad —contestó Nate—. Era como si ya esperase nuestra llegada.

Nate trató de describir lo mejor que pudo a los aborígenes y su cultura de la Edad de Piedra, pero sus

palabras no conseguían transmitir las imágenes apropiadas. Se comió dos bizcochos, haciendo breves pausas en

su narración hasta vaciar el plato.

Luego tomaron café. Para Phil y Laura el almuerzo del domingo giraba más en torno a la conversación

que a la comida. Nate se preguntó quién habría sido el último huésped que había tenido la suerte de ser invitado

para compartir aquella comida. No resultaba fácil minimizar los horrores del dengue, pero Nate trató

decididamente de hacerlo. Un par de días en el hospital, un poco de medicación y listo. Cuando terminó,

empezaron las preguntas. Phil quería saberlo todo acerca de la misionera: el credo que profesaba, su fe, su labor

entre los indios. La hermana de Laura había vivido quince años en China, trabajando en un hospital eclesiástico,

lo cual dio lugar a otra serie de relatos.

Ya eran casi las tres de la tarde cuando Nate se encaminó hacia la puerta. Sus anfitriones hubieran

deseado seguir charlando en torno a la mesa o en el estudio hasta el anochecer, pero Nate necesitaba dar un

paseo. Les agradeció su hospitalidad y, cuando los dejó saludándolo con la mano en el porche, tuvo la sensación

de que los conocía desde hacía muchos años.

Recorrer St. Michaels le llevó una hora. Las estrechas calles estaban flanqueadas por edificios de cien

años de antigüedad. Nada estaba fuera de lugar, no había perros callejeros, solares vacíos o edificios

abandonados. Hasta la nieve era limpia y había sido cuidadosamente retirada con palas para que las calzadas y

aceras estuvieran expeditas y ningún vecino se enfadara. Nate se detuvo en el muelle y contempló la belleza de

los veleros. Jamás había puesto los pies en ninguno.

Decidió no irse de St. Michaels hasta que no tuviera más remedio que hacerlo. Viviría en la casa y se

quedaría allí hasta que Josh lo desahuciara amablemente. Ahorraría dinero y, cuando terminara el caso Phelan,

ya encontraría alguna manera de seguir tirando.

Muy cerca del puerto topó con una pequeña tienda de comestibles que estaba a punto de cerrar. Compró

café, sopa en lata, galletas saladas y copos de avena para desayunar. En el mostrador había un paquete de

botellines de cerveza. Lo contempló con una sonrisa y se alegró de haber dejado aquellos días a su espalda.

Grit fue despedido por fax y correo electrónico; era la primera vez que ocurría algo semejante en su

bufete. Lo hizo Mary Ross a primera hora de la mañana del lunes tras un tenso fin de semana con sus hermanos.

Pero Grit no se fue por las buenas. Reclamó por fax el pago de los honorarios que ella le debía hasta la

fecha: ciento cuarenta y ocho horas a seiscientos dólares la hora sumaban un total de ochenta y ocho mil

ochocientos dólares. Sus tarifas horarias tendrían que aplicarse al porcentaje que le correspondiera sobre el acto

de conciliación o cualquier otro resultado favorable. Grit no quería que le pagaran seiscientos dólares la hora; lo

que quería era un saludable trozo del pastel, de la parte que le correspondiera a su cliente, esto es, el veinticinco

por ciento que había negociado con ella. Grit quería millones y, mientras permanecía sentado en su despacho

cerrado bajo llave contemplando el fax, le pareció imposible que la fortuna se le hubiera escapado de las manos.

Estaba firmemente convencido de que, al cabo de unos cuantos meses de encarnizados litigios, la testamentaría

Phelan llegaría a un acuerdo con los hijos. Le echaría veinte millones a cada uno de los seis hermanos y

contemplaría cómo estos se arrojaban encima de ellos igual que perros hambrientos sin que se advirtiera la

menor merma en la fortuna Phelan. Veinte millones para su cliente significaban cinco millones para él. Grit no

pudo por menos que admitir en su fuero interno que ya se había imaginado varias maneras de gastar esa

cantidad.

Llamó al despacho de Hark para insultarlo, pero le dijeron que en aquellos momentos el señor Gettys

estaba ocupado.

Ahora el señor Gettys tenía como clientes a cuatro herederos de la primera familia. Su porcentaje había

bajado, primero, del veinticinco al veinte y, finalmente, al diecisiete y medio. Pero su potencial de crecimiento

era enorme.

El señor Gettys entró en su sala de juntas minutos después de las diez y saludó a los restantes abogados

de los Phelan, congregados allí para celebrar una importante reunión.

—Tengo que darles una noticia —dijo en tono jovial—. El señor Grit ya no interviene en este caso. Su ex

cliente, Mary Ross Phelan Jackman, me ha pedido que la represente y, tras haberlo pensado mucho, he accedido

a hacerlo.

Sus palabras estallaron como pequeñas bombas alrededor de la mesa. Yancy se acarició la barba rala y se

preguntó qué método coactivo se habría utilizado para arrancar a la mujer de los tentáculos de Grit. Sin

embargo, él se sentía en cierto modo seguro. La madre de Ramble había utilizado todos los medios a su alcance

para atraer al chico hacia otro abogado, pero el muchacho odiaba a su madre.

La señora Langhorne se mostró sorprendida, sobre todo porque Hark acaba de añadir a Troy junior a su

clientela; pero, tras el breve sobresalto inicial, se sintió a salvo. Su cliente, Geena Phelan Strong, detestaba a sus

hermanastros y hermanastras mayores. Estaba segura de que no renunciaría a su abogada. Aun así, convenía que

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hiciera un alarde de poder. Llamaría a Geena y Cody cuando finalizara la reunión. Almorzaría con ellos en el

Promenade, cerca del Capitolio, y puede que avistaran brevemente al poderoso vicepresidente de algún

subcomité.

Cuando Wally Bright oyó la noticia su nuca se tiñó de un intenso color escarlata. Hark estaba depredando

clientes; de la primera familia sólo quedaba Libbigail y él mataría a Hark en caso de que intentara robársela.

—No se acerque a mi cliente, ¿está claro? —dijo levantando la voz, furioso.

Todos en la sala se volvieron hacia él.

—Cálmese.

—Y un cuerno. ¿Cómo podemos calmarnos si usted está robándonos los clientes?

—Yo no he robado a la señora Jackman. Fue ella quien me llamó.

—Ya sabemos a qué está usted jugando, Hark. No somos idiotas —soltó Wally, volviéndose hacia sus

colegas.

Ellos no se consideraban idiotas, ciertamente, pero no estaban muy seguros de que Wally no lo fuese. La

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