- •Vueltas de los pantalones. Él también espera hacerse rico cuando me muera, y supongo que está contando los
- •Vida o muerte para ellos, pues todos están endeudados. El testamento que tengo ante mí va a hacerlos ricos y
- •Vas directamente al grano, ¿eh?
- •Incredulidad y rompió a llorar.
- •Impuestos sobre la herencia serían brutales.
- •Intrascendentes preguntas acerca del estado de ánimo de la familia.
- •Insatisfactoria que era su respuesta—. Troy firmó un testamento poco antes de arrojarse al vacío y me ordenó
- •Intrépidos y jóvenes abogados, entraron en el despacho. Se sentaron alrededor de una mesa caoba que había en
- •Velocidad por la interestatal—. Quinientos millones de dólares libres de impuestos —añadió con una sonrisa.
- •Vida de lujo hasta el momento en que había entrado en posesión de su herencia. Sus cinco millones de dólares
- •Iban a ninguna parte porque no podían permitirse el lujo de alquilar estudios de grabación, pero su grupo sería
- •Interno ella era una puta, y el hecho de que fuese la propietaria de todo hacía que el pobre Rex se pasara muchas
- •Inestabilidad; ambos celebraban muchas fiestas y tenían amigos muy turbulentos, todos ellos atraídos por el
- •Viejo paseaba desnudo por la playa, contemplando embobado a las jóvenes francesas. Josh y su mujer se habían
- •Vacía, Josh metió el brazo entumecido por el frío y volvió a cerrar la portezuela.
- •Vaqueros almidonados, les sirvió un whisky de malta muy añejo procedente del armario del señor Phelan.
- •Impresionante serie a las actividades al aire libre, de sonadas condenas contra médicos acusados de negligencia
- •Inmediato tras haber abandonado el de Hark. Le hizo un informe completo de todo lo que había dicho éste.
- •Investigaciones y parece ser que se enorgullecen de localizar a los pueblos más remotos de la Tierra.
- •Iniciar su aventura. Cuando a las diez Sergio entró a verle, lo encontró sentado como un monje en el centro de la
- •Virginia, y presentó una petición de apertura obligatoria de la última voluntad y testamento de Troy l. Phelan.
- •Inmediato.
- •Inadvertido fácilmente.
- •Idiomática le produjo un fugaz acceso de ansiedad que terminó en cuanto una agraciada auxiliar de vuelo
- •Virginia sólo las cuatro y media.
- •Valdir sacudió la cabeza sonriendo.
- •Valdir lo había asustado más de lo que quería reconocer. Se sentó en el borde de una mesa de cámping y
- •Inmediatamente se apartaban del camino de aquel verdadero carro blindado. Deliberadamente o por descuido, el
- •Instante.
- •Ventanillas del aparato y Milton bajó a seiscientos metros de altura. A la izquierda, mucho más cerca, se
- •Impenetrable, pero el impasible piloto se había quitado las gafas de sol y su frente estaba perlada de sudor. El
- •Ventanilla. La pista de aterrizaje era tan corta como el camino de la entrada de una bonita casa de una zona
- •Ver a Jevy conversar por teléfono fue una tortura para Nate. No entendía una sola palabra, pero el
- •Informe que le habían facilitado, y desde entonces había cambiado muy poco. El aislamiento de la gente era
- •Vuelta. Se señaló el reloj y Luis lo acompañó de nuevo a casa.
- •Valdir se despidió, no sin desearle una vez más feliz Navidad. Los Nike aún estaban mojados, pero se los
- •Intentó practicar jogging a lo largo de una manzana, pero el dolor se lo impidió. Bastante le costaba
- •Veintiocho años llamado Lance, encantado de poder hacer aquel viaje a pesar de que ella le doblaba la edad.
- •Igual lo que pudiera estar haciendo su hijo de catorce años.
- •Vio las hileras de botellas de bebidas alcohólicas, whisky, ginebra, vodka, todas llenas y sin abrir,
- •Vestíbulo para tomarse una buena taza de café cargado.
- •Imagen de mi rostro y he deseado la muerte, pero aquí estoy, sentado y respirando. Dos veces en tres días he
- •Indiferente. La estancia en Walnut Hill había hecho que su apetito disminuyera bastante, pues el método de
- •Viviera allí, se relacionase con las mismas personas, hiciera el mismo trabajo e hiciera caso omiso de los mismos
- •Varios abogados llegaron al extremo de sugerir que se les permitiera abrir y leer el testamento. Era muy largo y,
- •Irritados por el hecho de que no pudieran acceder de inmediato a la sala. Se intercambiaron algunas palabras
- •Visitantes de las salas de justicia. Los precedía Wally Bright, su abogado de las páginas amarillas. Wally vestía
- •Verdad y nada más que la verdad.
- •Intervenían en todas las peleas, siempre de parte de los Phelan y contra los reporteros. Después ayudaban a los
- •Imposible tarea de buscarle a Troy junior un puesto en la compañía que éste pudiera ocupar sin provocar una
- •Importancia. El jefe del departamento jurídico había dicho que, bien mirado, el testamento había sido una suerte.
- •Ventanas.
- •Incluso volar a casa con él, y quedarse allí el tiempo que hiciera falta para que se resolvieran todos los embrollos
- •Ilegítima de Troy Phelan. Tras finalizar sus estudios de Medicina, Rachel había cambiado de apellido en su afán
- •Veces al año, en marzo y en agosto, y Rachel solía llamar una vez al año desde un teléfono público de Corumbá
- •Inmediato. Alguien aconsejó que se les permitiera hablar de todos modos, y así quedó zanjado el problema.
- •Informes, ni notas, ni ideas acerca de lo que iba a decir a continuación; simple palabrería de un camorrista que
- •Impugnación. Los herederos, incluido Ramble, corrían el peligro de perder lo poco que Troy les había dejado en
- •Visto más lugares de Estados Unidos que él.
- •Vender.
- •Indios estadounidenses habían ganado algo. «y nosotros no los quemábamos en la hoguera —pensó—, ni los
- •Indicara el camino de regreso a la seguridad.
- •Indios podían comprender.
- •Incapacitado para testar. Nadie en su sano juicio se arrojaba por una ventana, y el que hubiese legado una
- •Volumen de la conciliación depende de mí. Si mis recuerdos son claros y detallados, puede que mi antiguo jefe
- •Inmenso pantano, exhalaré mi último aliento.»
- •Ver la primera choza y percibir olor a humo.
- •Inglés?
- •Veredictos favorables, reducir un poco más su aportación a los gastos generales del bufete y llevarse a casa más
- •Valdir regresó a su despacho, cerró la puerta y se acercó de nuevo a la ventana. El señor Stafford se
- •Indio entendiese.
- •Vernos otra vez hecho eso, me iré.
- •Indios están intentando dormir. Además, no olvide que les llamamos mucho la atención.
- •Insignificantes en aquel lugar y momento.
- •Veía muy conmovido y al borde de las lágrimas, pero conseguía decirle a la cámara lo que acababa de ver. Josh y
- •Imprecisión.
- •Vuelve a la normalidad sin que se produzca ningún daño. La tierra lo es todo para los indios, su vida; buena parte
- •Visitarme. Ella me contó la verdad acerca de mis padres biológicos, pero la revelación no significó nada para mí.
- •Veía la tierra de la orilla. Los indios empezaron a hablar entre sí y, al entrar en el Xeco, dejaron de remar.
- •Varias docenas de ellas. Vio la luz doblar una curva y, al oír el golpeteo del motor diésel, comprendió
- •Viejo había perdido la chaveta en aquel momento.
- •Varones.
- •Valdir estaba viendo la televisión y fumando su último cigarrillo de la noche sin prestar atención a las
- •Vestíbulo y de toda una serie de pasillos hasta llegar a una pequeña sala de reconocimiento donde una
- •Verdad que ella estaba allí.
- •Intimidatoria. Cuatrocientos abogados. Vestíbulos de mármol. Cuadros de firma en las paredes. Alguien estaba
- •Veinticinco a veinte. Y, si podemos atraer a Mary Ross, lo reducirá a diecisiete coma cinco. Si convencemos a
- •Valdir tenía un teléfono móvil. ¿Por qué no había llamado?
- •Intravenosa del brazo y huir hacia la libertad. Se arriesgaría a salir a la calle. Estaba seguro de que allí fuera no
- •Valdir tomó el teléfono y se retiró a un rincón, donde trató de describirle a Josh el estado de Nate.
- •Interrumpió el goteo. Tocó la frente de Nate y comprobó que no tenía fiebre.
- •Vivienda de Georgetown había terminado durante su estancia en el centro de desintoxicación. No tenía ningún
- •Inversiones dudosas. Después empezó a salir con una universitaria adicta a la cocaína y el muro se resquebrajó.
- •Introducía pastillas en la boca, lo obligaba a beber agua para que se las tragase y le humedecía el rostro con
- •Iban a enviar dinero. El consulado en Sáo Paulo estaba resolviendo la cuestión del pasaporte.
- •Volvió a reclinar la cabeza en la almohada y se tranquilizó mientras sentía que se le relajaban los
- •Instrucciones del médico. No tenía ni rastro de fiebre, la erupción cutánea había desaparecido y sólo le dolían un
- •Ver cosas y oír voces, incluso creer en fantasmas, sobre todo de noche, pero aun así siguió buscando.
- •Iban de bar en bar. Las calles eran cálidas y seguras; nadie parecía temer que le pegaran un tiro o lo atracaran.
- •Invocó el nombre de Dios. El señor estaba esperándolo.
- •Vio el rostro de Cristo, muriendo en la cruz tras una dolorosa agonía. Muriendo por él.
- •Indios la miraban cuando ella pasaba por su lado. Contó la historia de la niña que había muerto por culpa de la
- •Integridad de ese testamento. Segundo, sé la opinión que al señor Phelan le merecían sus hijos. La mera
- •Insinuar que Rachel tiene previsto rechazar la herencia haría que perdiésemos el control de la situación. Los
- •Vio el teléfono y le llamó la atención. Al parecer, seguía funcionando. Como era de esperar, Josh se había
- •Iglesia de la Trinidad.
- •Iglesia y su fachada daba a una calle secundaria. Caminaron pisando con mucho cuidado la nieve.
- •Verdad era que nadie podía fiarse de nadie. Había demasiado dinero en juego como para dar por seguro que el
- •Improcedentes.
- •Ilegítima, que tenía unos diez u once años cuando usted entró al servicio del señor Phelan. Éste intentó, a lo
- •Ver si funcionaba. No le dieron de comer a la hora del almuerzo. Se burlaron de él y lo llamaron embustero. En
- •Inestables peldaños. Era una ancha y larga sala con un techo muy bajo. El proyecto de reforma llevaba bastante
- •Indicó:
- •Iglesia de la Trinidad. Pero ambos consumieron gran cantidad de café y, al final, se terminaron el estofado de
- •Ventisca no se había producido. Al llegar a un semáforo en rojo de la avenida Pennsylvania, miró por el espejo
- •Impuestos de sucesión dividido por seis... Los honorarios de siete cifras se convertían en honorarios de ocho
- •Investigación para que llevara a cabo una indagación sobre los herederos Phelan. El examen se centraba más en
- •Volviendo a los cinco millones, ¿había invertido alguna parte de aquel dinero en acciones u obligaciones?
- •Vestían prendas mucho más informales. Junior llevaba un jersey rojo de algodón.
- •Vida, y después se arrojó al vacío. Supo engañar a Zadel y a los demás psiquiatras, y ellos se dejaron embaucar.
- •Veces se les veía juntos. Nate decidió no entrar en detalles. De repente, experimentó el deseo de terminar cuanto
- •Vidas que sólo giraban en torno al dinero.
- •Iré allí primero. Mi hijo mayor es estudiante de posgrado en la Universidad del Noroeste en Evanston, y tengo
- •Inmensa fortuna, ¿y aun así, sabiendo que había perdido el juicio, no le dijo nada a su abogado, el hombre en
- •Volvió a mirar a Nate, que estaba rebuscando entre sus papeles como si tuviera una copia del contrato. Snead
- •Invitaron de nuevo a cenar, pero él impuso como condición que Theo también participara. Almorzó con Angela
- •Veinte minutos de distancia. A las ocho y media lo llamó para decirle que una amiga suya había sufrido un
- •Inútiles notas en un cuaderno tamaño folio sencillamente porque eso era lo que estaban haciendo los demás. No
- •Viaje a Baltimore. Nate sabía que por nada del mundo habría abandonado el país.
- •Igual que cada uno de los abogados en el despacho de Wycliff.
- •Voltaje acerca de una de las fortunas personales más grandes del mundo. Josh le había reprochado su aspecto,
- •Impulso fue el de cruzar la estancia y besarle los pies a Nate. En su lugar, frunció el ceño con expresión muy
- •Valdir estaba esperando en el aeropuerto de Corumbá cuando el Gulfstream rodó hasta la pequeña
- •Inglés? ¿Cabría alguna posibilidad de que lo hubiera echado de menos o hubiera pensado en él siquiera? ¿Le
- •Visitó el hospital. Lo soñó usted todo, amigo mío.
- •Indios. Debajo de ella y encima de una mesita había una caja de plástico de material médico. El jefe señaló la
- •Inclinados uno o dos centímetros hacia la derecha.
- •Vivido once años allí y parecía ejercer una considerable influencia en él, pero no había conseguido convertirlo.
Iglesia de la Trinidad.
Le apretó la mano con tal fuerza que Nate no pudo por menos que preguntarse si sería el primer forastero
en muchos años.
—Me llamo Nate O'Riley —dijo, y se apresuró a añadir, como si ello contribuyese a definirlo—: De
Washington.
—Ha sido un placer tenerle entre nosotros esta mañana.
Los grandes ojos de Phil danzaban detrás de los cristales de las gafas. Visto de cerca, las arrugas
revelaban que tenía por lo menos cincuenta años. En su cabeza abundaban más los cabellos grises que los rojos.
—Me hospedo unos días en casa de los señores Stafford —explicó Nate.
—Ah, sí, una casa —preciosa. ¿Cuándo llegó usted?
—Esta mañana.
—¿Solo?
—Sí.
—Bien, en tal caso tiene que reunirse a almorzar con nosotros. A Nate le hizo gracia aquella agresiva
hospitalidad.
—Bueno, gracias, pero...
Phil también se estaba deshaciendo en sonrisas.
—No, insisto. Cada vez que nieva mi mujer prepara estofado de cordero. Ahora mismo lo tiene en el
horno. En invierno los huéspedes escasean. Por favor, la rectoría se encuentra justo detrás de la iglesia.
Nate estaba en manos de un hombre que había compartido su mesa dominical con centenares de personas.
—Pero es que, en realidad, yo sólo pasaba por aquí y...
—Será un placer —lo interrumpió Phil, tirando de él en dirección al púlpito—. ¿A qué se dedica usted en
Washington?
—Soy abogado —contestó Nate.
Una respuesta más completa habría sido muy complicada.
—¿Y qué lo ha traído aquí?
John Grisham El testamento
148
—Es una historia muy larga.
—¡Estupendo! A Laura y a mí nos encantan las historias. Vamos a disfrutar de un largo almuerzo y a
contar historias. Nos lo pasaremos muy bien.
Su entusiasmo era irresistible. El pobre hombre estaba deseando charlar con alguien de fuera.
¿Por qué no?, pensó Nate. No había comida en la casa, y, al parecer, todas las tiendas estaban cerradas.
Pasaron por delante del púlpito y franquearon una puerta. Laura estaba apagando las luces.
—Es el señor O'Riley, de Washington —le anunció Phil a su mujer, levantando la voz—. Ha aceptado
almorzar con nosotros. Laura sonrió y le estrechó la mano. Tenía el cabello gris y muy corto, y aparentaba por lo
menos diez años más que su marido. Si la presencia de un inesperado invitado a su mesa la sorprendió, supo
disimularlo muy bien, pero Nate tuvo la impresión de que era algo que ocurría a menudo.
—Por favor, llámeme Nate.
—Pues lo llamaremos Nate —anunció Phil, quitándose la túnica. La rectoría colindaba con el solar de la
Iglesia y su fachada daba a una calle secundaria. Caminaron pisando con mucho cuidado la nieve.
—¿Qué tal mi sermón? —le preguntó Phil mientras subían por los peldaños del porche.
—Excelente, querido —contestó ella sin el menor entusiasmo. Nate esbozó una sonrisa; sin duda, todos
los domingos, desde hacía muchos años, Phil hacía la misma pregunta en el mismo lugar y a la misma hora, y
recibía la misma respuesta.
Cualquier duda que Nate pudiera albergar acerca de la conveniencia de quedarse a almorzar con ellos se
disipó en cuanto entró en la casa. El penetrante y exquisito aroma del estofado de cordero impregnaba el aire.
Phil atizó las ascuas de la chimenea mientras Laura preparaba la comida.
En el pequeño comedor situado entre la cocina y el estudio, la mesa estaba puesta para cuatro
comensales. Nate se alegró de haber aceptado la invitación, pese a constarle que no habría tenido ninguna
posibilidad de rehusar.
—Nos encanta que esté usted aquí —dijo Phil mientras se sentaban a la mesa—. Tuve la corazonada de
que hoy tendríamos un invitado.
—¿Para quién es este sitio? —preguntó Nate, señalando el asiento vacío.
—Los domingos siempre ponemos la mesa para cuatro —contestó Laura, sin dar más detalles.
Los tres se tomaron de la mano mientras Phil agradecía una vez más a Dios la nieve, las estaciones y la
comida.
—Y haz que siempre estemos atentos a las necesidades y anhelos de los demás —concluyó.
Las palabras desencadenaron un recuerdo en la mente de Nate. Las había escuchado antes, muchísimos
años atrás.
Mientras se pasaban la comida, hicieron los habituales comentarios acerca de las actividades de la
mañana. Solía haber un promedio de unas cuarenta personas en el oficio de las once. La nieve había hecho que
muchos decidieran quedarse en casa y, además, el virus de la gripe estaba causando estragos en la península.
Nate alabó la sencilla belleza del templo. Phil y Laura llevaban seis años en St. Michaels. Cuando apenas habían
empezado a comer, ella comentó:
—Estamos en enero, y aun así tiene usted un bronceado estupendo. No lo habrá conseguido en
Washington, ¿verdad?
—No. Acabo de regresar de Brasil.
Ambos esposos dejaron de comer y se inclinaron un poco más hacia delante. La aventura se había puesto
nuevamente en marcha. Nate tomó una buena cucharada del delicioso estofado e inició su relato.
—Coma, por favor —le decía Laura aproximadamente cada cinco minutos.
Nate tomaba un bocado, masticaba lentamente y seguía. Se limitó a referirse a Rachel como a «la hija de
un cliente». En su relato, las tormentas eran cada vez más fuertes, las serpientes más largas, la embarcación más
pequeña y los indios más hostiles. A Phil le brillaban los ojos de asombro mientras Nate proseguía con su
narración.
Era la segunda vez que Nate hablaba del viaje desde su regreso. Aparte de alguna que otra pequeña
exageración aquí y allá, el relato era fidedigno y lo llenaba de asombro incluso a él. Se trataba de una historia
impresionante y sus anfitriones estaban disfrutando de una pormenorizada versión de los hechos. Siempre que
podían, intercalaban una pregunta.
Cuando Laura despejó la mesa y sirvió de postre bizcochos de chocolate y nueces, Nate y Jevy acababan
de llegar al primer poblado ípica.
—¿Se extrañó ella al verlo? —preguntó Phil cuando Nate le describió la escena en que los indios iban a
buscar a la mujer al poblado para que se reuniera con ellos.
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—Pues no mucho, la verdad —contestó Nate—. Era como si ya esperase nuestra llegada.
Nate trató de describir lo mejor que pudo a los aborígenes y su cultura de la Edad de Piedra, pero sus
palabras no conseguían transmitir las imágenes apropiadas. Se comió dos bizcochos, haciendo breves pausas en
su narración hasta vaciar el plato.
Luego tomaron café. Para Phil y Laura el almuerzo del domingo giraba más en torno a la conversación
que a la comida. Nate se preguntó quién habría sido el último huésped que había tenido la suerte de ser invitado
para compartir aquella comida. No resultaba fácil minimizar los horrores del dengue, pero Nate trató
decididamente de hacerlo. Un par de días en el hospital, un poco de medicación y listo. Cuando terminó,
empezaron las preguntas. Phil quería saberlo todo acerca de la misionera: el credo que profesaba, su fe, su labor
entre los indios. La hermana de Laura había vivido quince años en China, trabajando en un hospital eclesiástico,
lo cual dio lugar a otra serie de relatos.
Ya eran casi las tres de la tarde cuando Nate se encaminó hacia la puerta. Sus anfitriones hubieran
deseado seguir charlando en torno a la mesa o en el estudio hasta el anochecer, pero Nate necesitaba dar un
paseo. Les agradeció su hospitalidad y, cuando los dejó saludándolo con la mano en el porche, tuvo la sensación
de que los conocía desde hacía muchos años.
Recorrer St. Michaels le llevó una hora. Las estrechas calles estaban flanqueadas por edificios de cien
años de antigüedad. Nada estaba fuera de lugar, no había perros callejeros, solares vacíos o edificios
abandonados. Hasta la nieve era limpia y había sido cuidadosamente retirada con palas para que las calzadas y
aceras estuvieran expeditas y ningún vecino se enfadara. Nate se detuvo en el muelle y contempló la belleza de
los veleros. Jamás había puesto los pies en ninguno.
Decidió no irse de St. Michaels hasta que no tuviera más remedio que hacerlo. Viviría en la casa y se
quedaría allí hasta que Josh lo desahuciara amablemente. Ahorraría dinero y, cuando terminara el caso Phelan,
ya encontraría alguna manera de seguir tirando.
Muy cerca del puerto topó con una pequeña tienda de comestibles que estaba a punto de cerrar. Compró
café, sopa en lata, galletas saladas y copos de avena para desayunar. En el mostrador había un paquete de
botellines de cerveza. Lo contempló con una sonrisa y se alegró de haber dejado aquellos días a su espalda.
Grit fue despedido por fax y correo electrónico; era la primera vez que ocurría algo semejante en su
bufete. Lo hizo Mary Ross a primera hora de la mañana del lunes tras un tenso fin de semana con sus hermanos.
Pero Grit no se fue por las buenas. Reclamó por fax el pago de los honorarios que ella le debía hasta la
fecha: ciento cuarenta y ocho horas a seiscientos dólares la hora sumaban un total de ochenta y ocho mil
ochocientos dólares. Sus tarifas horarias tendrían que aplicarse al porcentaje que le correspondiera sobre el acto
de conciliación o cualquier otro resultado favorable. Grit no quería que le pagaran seiscientos dólares la hora; lo
que quería era un saludable trozo del pastel, de la parte que le correspondiera a su cliente, esto es, el veinticinco
por ciento que había negociado con ella. Grit quería millones y, mientras permanecía sentado en su despacho
cerrado bajo llave contemplando el fax, le pareció imposible que la fortuna se le hubiera escapado de las manos.
Estaba firmemente convencido de que, al cabo de unos cuantos meses de encarnizados litigios, la testamentaría
Phelan llegaría a un acuerdo con los hijos. Le echaría veinte millones a cada uno de los seis hermanos y
contemplaría cómo estos se arrojaban encima de ellos igual que perros hambrientos sin que se advirtiera la
menor merma en la fortuna Phelan. Veinte millones para su cliente significaban cinco millones para él. Grit no
pudo por menos que admitir en su fuero interno que ya se había imaginado varias maneras de gastar esa
cantidad.
Llamó al despacho de Hark para insultarlo, pero le dijeron que en aquellos momentos el señor Gettys
estaba ocupado.
Ahora el señor Gettys tenía como clientes a cuatro herederos de la primera familia. Su porcentaje había
bajado, primero, del veinticinco al veinte y, finalmente, al diecisiete y medio. Pero su potencial de crecimiento
era enorme.
El señor Gettys entró en su sala de juntas minutos después de las diez y saludó a los restantes abogados
de los Phelan, congregados allí para celebrar una importante reunión.
—Tengo que darles una noticia —dijo en tono jovial—. El señor Grit ya no interviene en este caso. Su ex
cliente, Mary Ross Phelan Jackman, me ha pedido que la represente y, tras haberlo pensado mucho, he accedido
a hacerlo.
Sus palabras estallaron como pequeñas bombas alrededor de la mesa. Yancy se acarició la barba rala y se
preguntó qué método coactivo se habría utilizado para arrancar a la mujer de los tentáculos de Grit. Sin
embargo, él se sentía en cierto modo seguro. La madre de Ramble había utilizado todos los medios a su alcance
para atraer al chico hacia otro abogado, pero el muchacho odiaba a su madre.
La señora Langhorne se mostró sorprendida, sobre todo porque Hark acaba de añadir a Troy junior a su
clientela; pero, tras el breve sobresalto inicial, se sintió a salvo. Su cliente, Geena Phelan Strong, detestaba a sus
hermanastros y hermanastras mayores. Estaba segura de que no renunciaría a su abogada. Aun así, convenía que
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hiciera un alarde de poder. Llamaría a Geena y Cody cuando finalizara la reunión. Almorzaría con ellos en el
Promenade, cerca del Capitolio, y puede que avistaran brevemente al poderoso vicepresidente de algún
subcomité.
Cuando Wally Bright oyó la noticia su nuca se tiñó de un intenso color escarlata. Hark estaba depredando
clientes; de la primera familia sólo quedaba Libbigail y él mataría a Hark en caso de que intentara robársela.
—No se acerque a mi cliente, ¿está claro? —dijo levantando la voz, furioso.
Todos en la sala se volvieron hacia él.
—Cálmese.
—Y un cuerno. ¿Cómo podemos calmarnos si usted está robándonos los clientes?
—Yo no he robado a la señora Jackman. Fue ella quien me llamó.
—Ya sabemos a qué está usted jugando, Hark. No somos idiotas —soltó Wally, volviéndose hacia sus
colegas.
Ellos no se consideraban idiotas, ciertamente, pero no estaban muy seguros de que Wally no lo fuese. La
