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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Inclinados uno o dos centímetros hacia la derecha.

Aquél había sido el hogar de Rachel durante once años.

Nate volvió a leer el testamento. El 6 de enero era el día en que él había salido del hospital de Corumbá.

Rachel no había sido un sueño. Lo había tocado y le había dicho que no moriría. Después había escrito el

testamento.

Nate se movió y la paja crujió bajo su cuerpo. Estaba sumido en una especie de trance hipnótico cuando

Jevy asomó la cabeza por la puerta y dijo:

—El jefe quiere que nos vayamos.

—Lee esto —le pidió Nate, entregándole las dos hojas de papel, con la segunda encima. Jevy se adelantó

para aprovechar la luz que entraba por la puerta. Leyó muy despacio y dijo:

—Aquí hay dos personas. La primera es un abogado que dice haber visto a Rachel Lane Porter firmar su

testamento en su despacho de Corumbá. Estaba en pleno uso de sus facultades mentales. Y sabía lo que hacía.

Su firma está oficialmente certificada por un... ¿cómo lo llaman ustedes...?

—Un notario.

—Sí, un notario. La segunda es la secretaria del abogado, quien, al parecer, dice lo mismo. El notario

también certifica su firma. ¿Qué significa eso?

—Te lo explicaré más tarde.

Ambos salieron. El jefe mantenía los brazos cruzados sobre el pecho. Se le estaba acabando la paciencia.

Nate sacó la cámara fotográfica de la bolsa de viaje y empezó a fotografiar la choza y las sepulturas. Después

hizo que Jevy sostuviera el testamento, agachado junto a la sepultura de Rachel. A continuación, tomó el

testamento y lo sostuvo mientras Jevy le tomaba una foto a él. El jefe se negó a ser fotografiado con Nate y

procuró mantenerse lo más lejos posible de ellos. Soltó un gruñido y Jevy temió que tuviese un estallido de

cólera.

—Sí. Murió hace un par de semanas. De malaria. Ha dejado un testamento ológrafo, exactamente igual

que su padre.

—¿Lo tienes en tu poder?

—Sí. Está a salvo. Todo irá a parar a un fideicomiso. Yo soy el fideicomisario y albacea.

—¿Es válido?

—Creo que sí. Está escrito de su puño y letra, firmado, fechado y refrendado por un abogado de Corumbá

y su secretaria.

—Me parece válido.

—¿Y ahora qué ocurre? —preguntó Nate.

Ya se imaginaba a Josh sentado detrás de su escritorio con los ojos cerrados para concentrarse mejor,

sosteniendo el teléfono con una mano mientras con la otra se alisaba el cabello. Casi le parecía oírlo tramando

estrategias.

—No ocurre nada. El testamento de Troy es válido. Las disposiciones se cumplirán.

—Pero ella ha muerto.

—La herencia de Troy pasa a la suya. Ocurre constantemente con los accidentes de tráfico, en los que,

por ejemplo, uno de los cónyuges fallece un día y el otro fallece al siguiente. Los legados pasan de una a otra

testamentaría.

—¿Y qué pasará con los restantes herederos?

John Grisham El testamento

197

—El acuerdo se mantiene en pie. Recibirán el dinero, o lo que quede de él una vez los abogados hayan

cobrado su porcentaje. Los herederos serán las personas más felices del mundo, con la posible excepción de sus

asesores legales. No pueden impugnar nada. Hay dos testamentos válidos. Me parece que acabas de convertirte

en un fideicomisario profesional.

—Tengo amplios poderes discrecionales.

—Tienes mucho más que eso. Léemelo. Nate sacó el documento del fondo de leyó muy despacio.

—Date prisa en regresar —lo urgió Josh.

Jevy escuchó atentamente cada palabra mientras fingía contemplar la corriente. Cuando Nate colgó y

guardó el teléfono, el joven preguntó:

—¿El dinero es suyo?

—No. El dinero va a parar a un fideicomiso.

—¿Qué es un fideicomiso?

—Una gran cuenta bancaria. Está protegido en el banco, generando intereses. El fideícomisario decide

adónde van a parar éstos.

Se encaminaron hacia el sendero para atravesar la selva sin acercarse al poblado. Cuando aumentó la

densidad de la vegetación, Nate se detuvo para echar un último vistazo a la choza. Hubiera querido llevársela

consigo, levantarla del suelo, transportarla a Estados Unidos y conservarla como monumento para que los

millones de seres que se beneficiarían de la bondad de Rachel tuvieran un lugar en el que poder darle las gracias.

También hubiera deseado llevarse la sepultura. Rachel se merecía un panteón.

Sin embargo, eso era lo que ella menos hubiera deseado. Jevy y el jefe ya se habían perdido de vista, por

lo que Nate apuró el paso. Llegaron al río sin contagiarle ninguna enfermedad a nadie. El jefe le gruñó algo a

Jevy mientras éste y Nate subían a la embarcación.

—Dice que no quiere que regresemos —tradujo Jevy.

—Dile que no se preocupe —repuso Nate.

Jevy no dijo nada. En su lugar, puso en marcha el motor y la lancha fuera de borda se apartó de la orilla.

El jefe ya estaba alejándose hacia el poblado. Nate se preguntó si echaría de menos a Rachel. Ella había

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