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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Intentó practicar jogging a lo largo de una manzana, pero el dolor se lo impidió. Bastante le costaba

caminar. Pasaron dos automóviles, la gente estaba empezando a ponerse en movimiento. El rugido se acercó

rápidamente a su espalda y se le echó encima antes de que él pudiera reaccionar. Jevy pisó los frenos y se detuvo

junto a la,acera.

—Bom dia —gritó por encima del estruendo del motor. Nate inclinó la cabeza.

—Bom dia.

Jevy hizo girar la llave de encendido y el motor se apagó.

—¿Cómo se encuentra?

—Dolorido. ¿Y tú?

—Sin ningún problema. La chica de recepción me ha dicho que había usted salido a correr. Vamos a dar

una vuelta en coche. Nate hubiera preferido practicar jogging, aunque le doliera, a ir en automóvil con Jevy,

pero había muy poco tráfico y las calles eran más seguras.

Recorrieron el centro de la ciudad, donde el conductor siguió sin prestar la menor atención a los

semáforos y las señales de stop. Jevy jamás se volvía a mirar cuando atravesaban a toda velocidad los cruces.

—Quiero que vea el barco —dijo Jevy en determinado momento. Si estaba dolorido y anquilosado a

causa del accidente aéreo, no se notaba. Nate se limitó a asentir con la cabeza.

Al este de la ciudad, al pie de la barranca, en una caleta de oscuras aguas llenas de manchas de petróleo,

había una especie de astillero. Unas viejas barcas se mecían suavemente en el río; algunas habían sido

desguazadas varias décadas atrás y otras raras veces se utilizaban. Dos de ellas eran, evidentemente,

embarcaciones de transporte de ganado, pues tenían las cubiertas divididas en sucios compartimientos de

madera.

—Aquí está —dijo Jevy, señalando vagamente hacia el río. Aparcaron y bajaron por la orilla. Vieron

varias pequeñas embarcaciones de pesca con la línea de flotación por debajo del agua, cuyos propietarios Nate

John Grisham El testamento

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fue incapaz de decidir si iban o venían. Jevy llamó a gritos a dos de los pescadores y éstos le contestaron con un

comentario humorístico.

—Mi padre era capitán de barco —explicó Jevy—. Yo venía aquí todos los días.

—¿Dónde está ahora? —preguntó Nate.

—Se ahogó durante una tormenta.

«Estupendo —pensó Nate—. Las tormentas te pillan tanto en el aire como en el agua.»

Una combada tabla de madera contrachapada conducía a su embarcación, formando un puente por

encima de las oscuras aguas. Se detuvieron en la orilla para contemplar el barco, el Santa Loura.

—¿Le gusta? —preguntó Jevy.

—No lo sé —contestó Nate.

Desde luego, era más bonito que los barcos de transporte de ganado. Alguien estaba dando martillazos en

su parte posterior. Una mano de pintura contribuiría enormemente a mejorar su aspecto. El barco tenía poco

menos de veinte metros de eslora, dos cubiertas y, en lo alto de los peldaños, un puente. Era más grande de lo

que Nate esperaba.

—Será sólo para mí, ¿verdad?

—Sí.

—¿No habrá ningún otro pasajero?

—No, sólo usted, yo y un marinero que —¿Cómo se llama?

—Welly.

La madera contrachapada crujió, pero no se rompió. Cuando saltaron a bordo, el barco se hundió un

poco. En la proa estaban alineados varios barriles de gasóleo. Cruzaron una puerta, bajaron dos peldaños y

entraron en el camarote, donde había cuatro literas, cada una con sábanas blancas y una fina plancha de

gomaespuma a modo de colchón. Los doloridos músculos de Nate se estremecieron ante la idea de tener que

pasarse una semana durmiendo sobre una de ellas. El techo era muy bajo, las ventanas estaban cerradas y el

principal problema lo constituía la ausencia de aire acondicionado. El camarote sería un verdadero horno.

—Buscaremos un ventilador —anunció Jevy, que al parecer había leído el pensamiento de Nate—. La

situación no es tan mala cuando el barco se mueve.

Nate no podía creérselo. Caminando de perfil, avanzaron por la estrecha pasarela hacia la parte posterior

del barco, pasando por delante de una cocina con un fregadero y un hornillo de propano, la sala de máquinas y,

finalmente, un pequeño cuarto de baño. En la sala de máquinas, un torvo individuo sin camisa sudaba

profusamente, contemplando la llave inglesa que sostenía en la mano como si ésta le hubiera hecho una faena.

Jevy conocía a aquel hombre y se las arregló para decirle justo lo que no debía, pues de repente unas

duras palabras llenaron el aire. Nate se retiró a la pasarela de la parte de atrás, donde vio una pequeña

embarcación de aluminio amarrada al Santa Loura. La embarcación tenía canaletes y un motor fuera de borda.

Entonces, Nate se imaginó repentinamente a sí mismo y a Jevy surcando las someras aguas a gran velocidad

entre las malas hierbas y los troncos y sorteando caimanes para acabar finalmente en un nuevo callejón sin

salida. La aventura se estaba poniendo cada vez más interesante.

Jevy se echó a reír y la tensión se disipó en parte. El joven se acercó a la parte de atrás de la embarcación

y dijo:

—El hombre necesita una bomba de aceite y hoy la tienda está cerrada.

—¿Y mañana?

—No habrá problema.

—¿Para qué sirve este pequeño?

—Para muchas cosas.

Subieron por los desgastados peldaños que conducían al puente, donde Jevy inspeccionó el timón y los

mandos del motor. Detrás del puente había un cuartito abierto con dos literas donde Jevy y el marinero

dormirían por turnos. Detrás de él había una cubierta de unos cinco metros cuadrados protegida por un toldo de

color verde. Tendida a lo largo de la cubierta había una hamaca de apariencia muy cómoda que de inmediato

llamó la atención de Nate.

—Eso es para usted —dijo Jevy con una sonrisa—. Tendrá mucho tiempo para leer y dormir.

—Qué bien —dijo Nate.

—En ocasiones este barco se emplea para llevar turistas, especialmente alemanes, que quieren ver el

Pantanal.

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—¿Has sido capitán de este barco?

—Sí, un par de veces. Hace varios años. El propietario no es muy simpático.

Nate se sentó con mucho cuidado en la hamaca y levantó las doloridas piernas hasta que consiguió

encajar debidamente en ella. Jevy le dio un empujón a fin de que se balanceara y después se fue para charlar un

rato con el maquinista.

Los sueños de Lillian Phelan de poder celebrar una cena de Navidad íntima se vieron frustrados cuando

Troy junior se presentó tarde y borracho, enzarzado en una desagradable pelea con Biff. Ambos habían llegado

en vehículos separados, cada uno de ellos al volante de su Porsche nuevo de distinto color que el otro. Los gritos

se intensificaron cuando Rex, que también había tomado unas copas de más, reprendió a su hermano mayor por

estropearle la Navidad a su madre. La casa estaba llena a rebosar, pues no sólo se hallaban presentes los cuatro

hijos de Lillian —Troy junior, Rex, Libbigail y Mary Ross— y sus once nietos, sino también un variado surtido

de amigos, a la mayoría de los cuales Lillian no había invitado.

Desde la muerte de Troy, los nietos Phelan, al igual que sus padres, habían reunido en torno a sí gran

cantidad de amigos y confidentes.

Hasta la llegada de Troy junior, la fiesta de Navidad había sido una gozosa celebración. Jamás se habían

intercambiado tantos y tan fabulosos regalos. Los herederos Phelan compraron para obsequiarse mutuamente,

sin reparar en gastos, prendas de vestir de diseño, joyas, artilugios electrónicos e incluso obras de arte. Durante

unas cuantas horas, el dinero hizo aflorar a la superficie todas sus mejores cualidades. Su generosidad era

ilimitada.

Sólo faltaban dos días para que se diese lectura al testamento. Spike, el marido de Libbigail, el ex motero

que ésta había conocido en el centro de desintoxicación, trató de mediar en la pelea entre Troy junior y Rex,

pero fue objeto de los insultos del primero, quien le recordó que era «un hippie gordinflón con el cerebro

achicharrado por el LSD ». Entonces Libbigail se ofendió y llamó «zorra» a Biff. Lillian corrió a su dormitorio y

se encerró bajo llave. Los nietos y su séquito bajaron al sótano, donde alguien había colocado un frigorífico

portátil lleno de cervezas.

Mary Ross, quizá la más razonable y ciertamente la menos veleidosa de los cuatro, convenció a sus

hermanos y a Libbigail de que dejaran de gritar y pusieran fin a aquella pelea, alejándose, como los boxeadores,

cada uno a un rincón distinto del ring. Los hermanos se dispersaron en pequeños grupos; unos hacia el estudio y

otros hacia el salón. De ese modo, se instauró un precario alto el fuego.

Los abogados no habían contribuido a mejorar la situación. Ahora trabajaban en equipos para así

defender mejor los intereses de cada uno de los herederos Phelan. Y también se pasaban horas y horas intrigando

y buscando maneras de apropiarse de un trozo más grande del pastel. Cuatro pequeños y muy definidos ejércitos

de letrados seis si se incluían los de Geena y Ramble— trabajaban a un ritmo febril. Cuanto más tiempo se

pasaban los herederos Phelan con sus abogados, tanto más desconfiaban los unos de los otros.

Cuando ya había transcurrido una hora de paz, Lillian emergió de su refugio e inspeccionó la tregua. Sin

decir nada, se dirigió a la cocina y terminó de preparar la comida. Lo más sensato en aquellas circunstancias era

un bufé. Así podrían comer en turnos, acercarse en grupo, llenar los platos y retirarse a la seguridad de sus

rincones.

De esta manera la primera familia Phelan consiguió disfrutar finalmente de una apacible cena de

Navidad. Troy junior comió jamón y boniatos, acodado en solitario en la barra del patio de atrás. Biff lo hizo

con Lillian, en la cocina. Rex y su mujer Amber, la bailarina de striptease, comieron pavo en el dormitorio

mientras seguían en la televisión un partido de fútbol americano. Libbigail, Mary Ross y sus maridos comieron

en el estudio.

En cuanto a los nietos y sus amigos, se llevaron unas pizzas congeladas al sótano, donde la cerveza no

paraba de correr.

La segunda familia no celebró la Navidad, o por lo menos sus miembros no la celebraron juntos. Janie

jamás había sido muy entusiasta de aquellas fiestas, por lo que abandonó el país y se fue a Klosters, en Suiza,

donde se reunía la gente guapa de Europa para esquiar y ser vista. Se hizo acompañar por un culturista de

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