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John Grisham - El testamento.doc
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12.11.2019
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☆

Vivido once años allí y parecía ejercer una considerable influencia en él, pero no había conseguido convertirlo.

¿Lamentaba su muerte o se alegraba de que sus dioses y espíritus tuvieran ahora el campo libre? ¿Qué sería de

los ípicas que se habían convertido al cristianismo, ahora que ella ya no estaba?

Recordó a los shalyuns, los hechiceros de los poblados que perseguían a Rachel. Sin duda estarían

celebrando su muerte y acosando a los conversos. Rachel había librado un duro combate y ahora descansaba en

paz.

Jevy detuvo el motor e impulsó la embarcación con un canalete. La corriente era muy lenta y el agua

estaba muy tranquila. Nate abrió cuidadosamente el teléfono satélite y lo colocó encima de un banco. El cielo

estaba despejado, la señal era fuerte y en cuestión de dos minutos, la secretaria de Josh ya estaba corriendo a

buscar a su jefe.

—Dime que Rachel ha firmado el maldito documento, Nate —fueron las primeras palabras de Josh,

hablando a gritos contra el aparato.

—No hace falta que grites, Josh. Te oigo muy bien.

—Perdona. Dime que lo ha firmado.

—Ha firmado un fideicomiso, pero no el nuestro. Ha muerto, Josh.

—¡No!

Jevy seguía sin estar demasiado convencido. Le rondaban muchas preguntas por la cabeza y Nate intuía

su confusión, pero no era el momento para un abecedario de la versión norteamericana de los testamentos,

testamentarías y fideicomisos.

—Vamos —dijo Nate.

El rugiente motor se puso otra vez en marcha y la lancha fueraborda voló sobre el agua rodeando los

meandros y dejando tras de sí una ancha estela de espuma.

Encontraron la chalana a última hora de la tarde. Welly estaba pescando mientras los pilotos jugaban a las

cartas en la popa de la embarcación. Nate volvió a llamar a Josh y le dijo que mandara regresar el reactor desde

Corumbá. Él no iba a necesitarlo, pues tardaría tiempo en regresar a casa.

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Josh protestó, pero no podía hacer nada. El embrollo del caso Phelan se había resuelto. En realidad, no

había ninguna prisa. Nate les dijo a los pilotos que, a la vuelta, se pusieran en contacto con Valdir y los despidió

sin más.

La tripulación de la chalana vio alejarse el helicóptero cual si fuera un insecto, y de inmediato soltó

amarras. Jevy iba al timón. Welly se sentó en la proa, con los pies colgando a escasos centímetros del agua. Nate

buscó una litera y trató de descansar, pero el motor diésel estaba justo al lado y su rítmico golpeteo le impedía

dormir.

El tamaño de la embarcación era tres veces inferior al del Santa Loura y hasta las literas eran más cortas.

Tendido de costado, Nate contempló el paso de las márgenes del río.

Rachel había comprendido en cierto modo que él ya no era un borracho, que se había curado de sus

adicciones y que los demonios que controlaban su vida ya estaban enterrados para siempre. Había visto en él un

fondo de bondad, había adivinado que estaba buscando algo y había encontrado una vocación para él. Dios se lo

había dicho.

Jevy lo despertó cuando ya había oscurecido.

—Ha salido la luna —susurró.

Se sentaron en la proa. Justo a su espalda, Welly gobernaba el timón siguiendo la luz de la luna llena

mientras el Xeco bajaba serpeando hacia el Paraguay.

—Esta embarcación es muy lenta —dijo Jevy—. Tardaremos dos días en llegar a Corumbá.

Nate sonrió. No le hubiera importado que tardaran un mes.

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NOTA DEL AUTOR

La región del Pantanal, en los estados brasileños de Mato Grosso y Mato Grosso do Sul, es una tierra de

gran belleza natural y un lugar fascinante que bien merece una visita. Espero no haberla descrito como un

inmenso pantano plagado de peligros, pues no lo es. Se trata, por el contrario, de una joya ecológica que atrae a

numerosos turistas, la mayoría de los cuales sobrevive. Yo he estado un par de veces allí y no veo la hora de

regresar.

Mi amigo Carl King, un misionero baptista de Campo Grande, me acompañó a las profundidades del

Pantanal. Ignoro el grado de exactitud de la información que me facilitó, pero a lo largo de cuatro días nos lo

pasamos de maravilla, contando caimanes, fotografiando la fauna salvaje, buscando anacondas, comiendo

alubias negras con arroz y narrando historias, todo ello desde una embarcación que en cierto modo se nos fue

quedando pequeña.. Mil gracias a Carl por esa aventura.

Vaya también mi gratitud a Rick Carter, Gene McDade, Penny Pynkala, Jonathan Hamilton, Fernando

Catta-Preta, Bruce Sanford, Marc Smirnoff y Estelle Laurence. Y gracias, como siempre, a David Gernert por

haber leído durante largas horas el manuscrito y mejorado el libro.

Título de la edición original:

The Testament

Traducción del inglés:

M. Antonia Menini,

www.circulotectores.com 1357999178642—

ISBN 84-72-6-8075-0 N. 2-8597

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