Добавил:
Upload Опубликованный материал нарушает ваши авторские права? Сообщите нам.
Вуз: Предмет: Файл:
John Grisham - El testamento.doc
Скачиваний:
8
Добавлен:
12.11.2019
Размер:
2 Мб
Скачать
☆

Indiferente. La estancia en Walnut Hill había hecho que su apetito disminuyera bastante, pues el método de

desintoxicación incluía el hacer pasar un poco de hambre a los pacientes.

Se sentó en los peldaños del puente de espaldas al capitán y a Welly y contempló el río oscurecer. En

medio de las sombras del crepúsculo, los animales salvajes se preparaban para la noche. Las aves volaban a baja

altura sobre el agua, desplazándose de árbol en árbol en busca de un último pez grande o pequeño antes de que

cayera la noche. Se llamaban entre sí al paso del barco y sus gritos se elevaban con toda claridad por encima del

constante zumbido del diésel. El agua chapaleaba en la orilla como consecuencia de los movimientos de los

caimanes. Era probable incluso que hubiera serpientes, enormes anacondas disponiéndose a dormir, pero Nate

prefería no pensar en ellas. Se sentía bastante seguro en el Santa Loura. La suave brisa era ahora más cálida y

soplaba en dirección a ellos. La tormenta no se había hecho realidad.

El tiempo corría, pero en algún otro lugar, pues en el Pantanal no significaba nada. Nate estaba

adaptándose lentamente a él. Pensó en Rachel Lane. ¿Qué efecto haría el dinero sobre ella? Nadie,

independientemente de su nivel de fe y compromiso, podía seguir siendo el mismo de antes. ¿Se iría con él y

regresaría a Estados Unidos para hacerse cargo de la herencia de su padre? Siempre tendría ocasión de volver

junto a sus indios. ¿Cómo recibiría la noticia? ¿Cómo reaccionaría al ver a un abogado norteamericano que

había conseguido localizarla?

John Grisham El testamento

62

Welly rasgueó las cuerdas de una vieja guitarra y Jevy cantó una tosca melodía en voz baja. El dúo era

agradable y casi relajante; era la canción de unos hombres sencillos que vivían siguiendo el ritmo del día, no el

de los minutos. Unos hombres que apenas pensaban en el mañana o en lo que pudiera ocurrir o no durante el

resto del año. Nate los envidió, por lo menos mientras cantaban.

Era toda una rehabilitación para un hombre que la víspera había tratado de morir de una borrachera.

Disfrutaba del momento, se alegraba de estar vivo, deseaba seguir adelante con aquella aventura. Su pasado

estaba realmente en otro mundo, a años luz de distancia, en las frías y húmedas calles de Washington, y allí nada

bueno podía ocurrir. Había demostrado con toda claridad que era incapaz de abstenerse de la bebida mientras

Viviera allí, se relacionase con las mismas personas, hiciera el mismo trabajo e hiciera caso omiso de los mismos

hábitos de siempre hasta que se producía la inevitable caída.

Welly inició un solo que arrancó a Nate de su pasado. Era una lenta y triste balada que duró hasta que el

río se quedó completamente oscuro. Jevy encendió dos pequeños reflectores, uno a cada lado de la proa. Era

fácil navegar por el río. Éste subía y bajaba según las estaciones y nunca alcanzaba una gran profundidad. Las

embarcaciones eran bajas, tenían el fondo plano y estaban construidas de forma tal que pudieran resistir el

choque con los bancos de arena que a veces se interponían en su camino. Jevy tropezó con uno poco después del

anochecer y el Santa Loura se detuvo. Jevy hizo contramarcha, volvió a avanzar y, al cabo de cinco minutos de

maniobras, consiguieron superar el obstáculo. El barco era verdaderamente insumergible.

En un rincón del camarote, no lejos de las cuatro literas, Nate comió solo, sentado junto a una mesa

clavada en el suelo. Welly le sirvió las alubias y el arroz, pollo hervido y una naranja. Nate bebió agua fría de

una botella. Una bombilla colgada de un cable de la luz oscilaba por encima de su cabeza. El camarote era

sofocante y no estaba ventilado. Welly le había sugerido que durmiese en la hamaca.

Jevy llegó con un mapa de navegación del Pantanal. Quería marcar su avance, pero, de momento, éste

había sido muy escaso. Estaban subiendo lentamente por el Paraguay y el trecho que mediaba entre la posición

que en aquellos momentos ocupaban y Corumbá era minúsculo.

—El nivel del agua es muy alto —explicó Jevy—. Iremos mucho más rápido a la vuelta.

Nate no había pensado demasiado en el regreso.

—No te preocupes —dijo.

Jevy señaló en varias direcciones e hizo otros cálculos.

—El primer poblado indio está por esta zona —dijo indicando un punto que, al paso que llevaban,

parecía encontrarse a varias semanas de distancia.

—¿Guató?

—Sim. Creo que primero tendríamos que ir allí. Si no la encontramos en el poblado, puede que alguien

sepa dónde está.

—¿Cuánto tardaremos en llegar?

—Dos días, quizá tres.

Nate se encogió de hombros. El tiempo se había detenido. Se había guardado el reloj de pulsera en el

bolsillo. Hacía tiempo que había olvidado su colección de diagramas de planificación horaria, diaria, semanal y

mensual. Su calendario de pleitos, aquel gran mapa inviolado de su vida, estaba guardado en el cajón de alguna

secretaria. Había burlado la muerte y ahora cada día era un regalo.

—Tengo muchas cosas que leer —dijo.

Jevy volvió a doblar cuidadosamente el mapa.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó.

—Bien. Me encuentro muy bien.

Jevy hubiera querido preguntar otras muchas cosas, pero Nate no estaba preparado para el confesionario.

—Bien —repitió—. Este viajecito será muy beneficioso para mí.

Se pasó una hora leyendo junto a la mesa bajo el bamboleo de la bombilla, hasta que se dio cuenta de que

sudaba copiosamente. Tomó un repelente de insectos, una linterna y varios memorandos de Josh y se dirigió con

cuidado a la proa. Una vez allí, subió por los peldaños de la timonera, donde Welly se encontraba al mando del

timón y Jevy echaba una cabezadita. Se aplicó repelente de insectos en los brazos y las piernas y después se

tendió en la hamaca, removiéndose hasta que encontró una posición cómoda. Cuando todo estuvo perfectamente

equilibrado y la hamaca empezó a balancearse siguiendo el suave movimiento de la corriente del río, Nate

encendió la linterna y reanudó la lectura.

Era una simple vista, la lectura de un testamento, pero los detalles revestían una importancia

trascendental.

John Grisham El testamento

63

Parr Wycliff apenas había pensado en otra cosa durante las fiestas navideñas. Todos los asientos de su

sala estarían ocupados y los presentes se apretujarían en tres filas contra las paredes. Estaba tan preocupado que,

al día siguiente de la Navidad, se había dado una vuelta por su sala vacía, tratando de buscar algún medio de

acomodar a todo el mundo.

Como era de esperar, los medios de comunicación se habían descontrolado. Querían introducir las

cámaras en la sala y él se había negado en redondo a que lo hicieran. Querían colocar cámaras en los pasillos, de

cara a las ventanitas cuadradas que había en las puertas, y él había dicho rotundamente que no. Querían asientos

preferentes y él también les había dicho que no. Asimismo, querían entrevistarlo, pero, de momento, él estaba

quitándoselos de encima.

Los abogados también habían decidido organizar un buen espectáculo. Algunos querían que la vista se

celebrara a puerta cerrada y otros, por razones obvias, que fuese televisada. Algunos querían el documento

sellado y otros querían que se les enviaran copias del testamento por fax para poder examinarlo. Pedían esto y

aquello, solicitaban sentarse aquí o allá, querían saber quién sería autorizado a entrar en la sala y quién no.

Соседние файлы в предмете [НЕСОРТИРОВАННОЕ]