- •Vueltas de los pantalones. Él también espera hacerse rico cuando me muera, y supongo que está contando los
- •Vida o muerte para ellos, pues todos están endeudados. El testamento que tengo ante mí va a hacerlos ricos y
- •Vas directamente al grano, ¿eh?
- •Incredulidad y rompió a llorar.
- •Impuestos sobre la herencia serían brutales.
- •Intrascendentes preguntas acerca del estado de ánimo de la familia.
- •Insatisfactoria que era su respuesta—. Troy firmó un testamento poco antes de arrojarse al vacío y me ordenó
- •Intrépidos y jóvenes abogados, entraron en el despacho. Se sentaron alrededor de una mesa caoba que había en
- •Velocidad por la interestatal—. Quinientos millones de dólares libres de impuestos —añadió con una sonrisa.
- •Vida de lujo hasta el momento en que había entrado en posesión de su herencia. Sus cinco millones de dólares
- •Iban a ninguna parte porque no podían permitirse el lujo de alquilar estudios de grabación, pero su grupo sería
- •Interno ella era una puta, y el hecho de que fuese la propietaria de todo hacía que el pobre Rex se pasara muchas
- •Inestabilidad; ambos celebraban muchas fiestas y tenían amigos muy turbulentos, todos ellos atraídos por el
- •Viejo paseaba desnudo por la playa, contemplando embobado a las jóvenes francesas. Josh y su mujer se habían
- •Vacía, Josh metió el brazo entumecido por el frío y volvió a cerrar la portezuela.
- •Vaqueros almidonados, les sirvió un whisky de malta muy añejo procedente del armario del señor Phelan.
- •Impresionante serie a las actividades al aire libre, de sonadas condenas contra médicos acusados de negligencia
- •Inmediato tras haber abandonado el de Hark. Le hizo un informe completo de todo lo que había dicho éste.
- •Investigaciones y parece ser que se enorgullecen de localizar a los pueblos más remotos de la Tierra.
- •Iniciar su aventura. Cuando a las diez Sergio entró a verle, lo encontró sentado como un monje en el centro de la
- •Virginia, y presentó una petición de apertura obligatoria de la última voluntad y testamento de Troy l. Phelan.
- •Inmediato.
- •Inadvertido fácilmente.
- •Idiomática le produjo un fugaz acceso de ansiedad que terminó en cuanto una agraciada auxiliar de vuelo
- •Virginia sólo las cuatro y media.
- •Valdir sacudió la cabeza sonriendo.
- •Valdir lo había asustado más de lo que quería reconocer. Se sentó en el borde de una mesa de cámping y
- •Inmediatamente se apartaban del camino de aquel verdadero carro blindado. Deliberadamente o por descuido, el
- •Instante.
- •Ventanillas del aparato y Milton bajó a seiscientos metros de altura. A la izquierda, mucho más cerca, se
- •Impenetrable, pero el impasible piloto se había quitado las gafas de sol y su frente estaba perlada de sudor. El
- •Ventanilla. La pista de aterrizaje era tan corta como el camino de la entrada de una bonita casa de una zona
- •Ver a Jevy conversar por teléfono fue una tortura para Nate. No entendía una sola palabra, pero el
- •Informe que le habían facilitado, y desde entonces había cambiado muy poco. El aislamiento de la gente era
- •Vuelta. Se señaló el reloj y Luis lo acompañó de nuevo a casa.
- •Valdir se despidió, no sin desearle una vez más feliz Navidad. Los Nike aún estaban mojados, pero se los
- •Intentó practicar jogging a lo largo de una manzana, pero el dolor se lo impidió. Bastante le costaba
- •Veintiocho años llamado Lance, encantado de poder hacer aquel viaje a pesar de que ella le doblaba la edad.
- •Igual lo que pudiera estar haciendo su hijo de catorce años.
- •Vio las hileras de botellas de bebidas alcohólicas, whisky, ginebra, vodka, todas llenas y sin abrir,
- •Vestíbulo para tomarse una buena taza de café cargado.
- •Imagen de mi rostro y he deseado la muerte, pero aquí estoy, sentado y respirando. Dos veces en tres días he
- •Indiferente. La estancia en Walnut Hill había hecho que su apetito disminuyera bastante, pues el método de
- •Viviera allí, se relacionase con las mismas personas, hiciera el mismo trabajo e hiciera caso omiso de los mismos
- •Varios abogados llegaron al extremo de sugerir que se les permitiera abrir y leer el testamento. Era muy largo y,
- •Irritados por el hecho de que no pudieran acceder de inmediato a la sala. Se intercambiaron algunas palabras
- •Visitantes de las salas de justicia. Los precedía Wally Bright, su abogado de las páginas amarillas. Wally vestía
- •Verdad y nada más que la verdad.
- •Intervenían en todas las peleas, siempre de parte de los Phelan y contra los reporteros. Después ayudaban a los
- •Imposible tarea de buscarle a Troy junior un puesto en la compañía que éste pudiera ocupar sin provocar una
- •Importancia. El jefe del departamento jurídico había dicho que, bien mirado, el testamento había sido una suerte.
- •Ventanas.
- •Incluso volar a casa con él, y quedarse allí el tiempo que hiciera falta para que se resolvieran todos los embrollos
- •Ilegítima de Troy Phelan. Tras finalizar sus estudios de Medicina, Rachel había cambiado de apellido en su afán
- •Veces al año, en marzo y en agosto, y Rachel solía llamar una vez al año desde un teléfono público de Corumbá
- •Inmediato. Alguien aconsejó que se les permitiera hablar de todos modos, y así quedó zanjado el problema.
- •Informes, ni notas, ni ideas acerca de lo que iba a decir a continuación; simple palabrería de un camorrista que
- •Impugnación. Los herederos, incluido Ramble, corrían el peligro de perder lo poco que Troy les había dejado en
- •Visto más lugares de Estados Unidos que él.
- •Vender.
- •Indios estadounidenses habían ganado algo. «y nosotros no los quemábamos en la hoguera —pensó—, ni los
- •Indicara el camino de regreso a la seguridad.
- •Indios podían comprender.
- •Incapacitado para testar. Nadie en su sano juicio se arrojaba por una ventana, y el que hubiese legado una
- •Volumen de la conciliación depende de mí. Si mis recuerdos son claros y detallados, puede que mi antiguo jefe
- •Inmenso pantano, exhalaré mi último aliento.»
- •Ver la primera choza y percibir olor a humo.
- •Inglés?
- •Veredictos favorables, reducir un poco más su aportación a los gastos generales del bufete y llevarse a casa más
- •Valdir regresó a su despacho, cerró la puerta y se acercó de nuevo a la ventana. El señor Stafford se
- •Indio entendiese.
- •Vernos otra vez hecho eso, me iré.
- •Indios están intentando dormir. Además, no olvide que les llamamos mucho la atención.
- •Insignificantes en aquel lugar y momento.
- •Veía muy conmovido y al borde de las lágrimas, pero conseguía decirle a la cámara lo que acababa de ver. Josh y
- •Imprecisión.
- •Vuelve a la normalidad sin que se produzca ningún daño. La tierra lo es todo para los indios, su vida; buena parte
- •Visitarme. Ella me contó la verdad acerca de mis padres biológicos, pero la revelación no significó nada para mí.
- •Veía la tierra de la orilla. Los indios empezaron a hablar entre sí y, al entrar en el Xeco, dejaron de remar.
- •Varias docenas de ellas. Vio la luz doblar una curva y, al oír el golpeteo del motor diésel, comprendió
- •Viejo había perdido la chaveta en aquel momento.
- •Varones.
- •Valdir estaba viendo la televisión y fumando su último cigarrillo de la noche sin prestar atención a las
- •Vestíbulo y de toda una serie de pasillos hasta llegar a una pequeña sala de reconocimiento donde una
- •Verdad que ella estaba allí.
- •Intimidatoria. Cuatrocientos abogados. Vestíbulos de mármol. Cuadros de firma en las paredes. Alguien estaba
- •Veinticinco a veinte. Y, si podemos atraer a Mary Ross, lo reducirá a diecisiete coma cinco. Si convencemos a
- •Valdir tenía un teléfono móvil. ¿Por qué no había llamado?
- •Intravenosa del brazo y huir hacia la libertad. Se arriesgaría a salir a la calle. Estaba seguro de que allí fuera no
- •Valdir tomó el teléfono y se retiró a un rincón, donde trató de describirle a Josh el estado de Nate.
- •Interrumpió el goteo. Tocó la frente de Nate y comprobó que no tenía fiebre.
- •Vivienda de Georgetown había terminado durante su estancia en el centro de desintoxicación. No tenía ningún
- •Inversiones dudosas. Después empezó a salir con una universitaria adicta a la cocaína y el muro se resquebrajó.
- •Introducía pastillas en la boca, lo obligaba a beber agua para que se las tragase y le humedecía el rostro con
- •Iban a enviar dinero. El consulado en Sáo Paulo estaba resolviendo la cuestión del pasaporte.
- •Volvió a reclinar la cabeza en la almohada y se tranquilizó mientras sentía que se le relajaban los
- •Instrucciones del médico. No tenía ni rastro de fiebre, la erupción cutánea había desaparecido y sólo le dolían un
- •Ver cosas y oír voces, incluso creer en fantasmas, sobre todo de noche, pero aun así siguió buscando.
- •Iban de bar en bar. Las calles eran cálidas y seguras; nadie parecía temer que le pegaran un tiro o lo atracaran.
- •Invocó el nombre de Dios. El señor estaba esperándolo.
- •Vio el rostro de Cristo, muriendo en la cruz tras una dolorosa agonía. Muriendo por él.
- •Indios la miraban cuando ella pasaba por su lado. Contó la historia de la niña que había muerto por culpa de la
- •Integridad de ese testamento. Segundo, sé la opinión que al señor Phelan le merecían sus hijos. La mera
- •Insinuar que Rachel tiene previsto rechazar la herencia haría que perdiésemos el control de la situación. Los
- •Vio el teléfono y le llamó la atención. Al parecer, seguía funcionando. Como era de esperar, Josh se había
- •Iglesia de la Trinidad.
- •Iglesia y su fachada daba a una calle secundaria. Caminaron pisando con mucho cuidado la nieve.
- •Verdad era que nadie podía fiarse de nadie. Había demasiado dinero en juego como para dar por seguro que el
- •Improcedentes.
- •Ilegítima, que tenía unos diez u once años cuando usted entró al servicio del señor Phelan. Éste intentó, a lo
- •Ver si funcionaba. No le dieron de comer a la hora del almuerzo. Se burlaron de él y lo llamaron embustero. En
- •Inestables peldaños. Era una ancha y larga sala con un techo muy bajo. El proyecto de reforma llevaba bastante
- •Indicó:
- •Iglesia de la Trinidad. Pero ambos consumieron gran cantidad de café y, al final, se terminaron el estofado de
- •Ventisca no se había producido. Al llegar a un semáforo en rojo de la avenida Pennsylvania, miró por el espejo
- •Impuestos de sucesión dividido por seis... Los honorarios de siete cifras se convertían en honorarios de ocho
- •Investigación para que llevara a cabo una indagación sobre los herederos Phelan. El examen se centraba más en
- •Volviendo a los cinco millones, ¿había invertido alguna parte de aquel dinero en acciones u obligaciones?
- •Vestían prendas mucho más informales. Junior llevaba un jersey rojo de algodón.
- •Vida, y después se arrojó al vacío. Supo engañar a Zadel y a los demás psiquiatras, y ellos se dejaron embaucar.
- •Veces se les veía juntos. Nate decidió no entrar en detalles. De repente, experimentó el deseo de terminar cuanto
- •Vidas que sólo giraban en torno al dinero.
- •Iré allí primero. Mi hijo mayor es estudiante de posgrado en la Universidad del Noroeste en Evanston, y tengo
- •Inmensa fortuna, ¿y aun así, sabiendo que había perdido el juicio, no le dijo nada a su abogado, el hombre en
- •Volvió a mirar a Nate, que estaba rebuscando entre sus papeles como si tuviera una copia del contrato. Snead
- •Invitaron de nuevo a cenar, pero él impuso como condición que Theo también participara. Almorzó con Angela
- •Veinte minutos de distancia. A las ocho y media lo llamó para decirle que una amiga suya había sufrido un
- •Inútiles notas en un cuaderno tamaño folio sencillamente porque eso era lo que estaban haciendo los demás. No
- •Viaje a Baltimore. Nate sabía que por nada del mundo habría abandonado el país.
- •Igual que cada uno de los abogados en el despacho de Wycliff.
- •Voltaje acerca de una de las fortunas personales más grandes del mundo. Josh le había reprochado su aspecto,
- •Impulso fue el de cruzar la estancia y besarle los pies a Nate. En su lugar, frunció el ceño con expresión muy
- •Valdir estaba esperando en el aeropuerto de Corumbá cuando el Gulfstream rodó hasta la pequeña
- •Inglés? ¿Cabría alguna posibilidad de que lo hubiera echado de menos o hubiera pensado en él siquiera? ¿Le
- •Visitó el hospital. Lo soñó usted todo, amigo mío.
- •Indios. Debajo de ella y encima de una mesita había una caja de plástico de material médico. El jefe señaló la
- •Inclinados uno o dos centímetros hacia la derecha.
- •Vivido once años allí y parecía ejercer una considerable influencia en él, pero no había conseguido convertirlo.
Indios podían comprender.
—¿Corría ella algún peligro?
—No. Ninguno.
—No estaba allí.
—Dice que no está aquí —le informó Jevy a Nate.
—Dile que, a mi juicio, es un embustero y un hijo de puta —contestó Nate en voz baja.
—Será mejor que no. ¿Había visto alguna misionera? preguntó Jevy.
El jefe negó con la cabeza.
¿Había oído hablar de ella alguna vez?
Al principio, no hubo respuesta. El jefe entornó los ojos y miró a Jevy, estudiándolo como si se
preguntara si podía confiar en aquel hombre. Después, asintió ligeramente con la cabeza.
Jevy preguntó dónde estaba. En otra tribu.
¿De dónde?
El indio contestó que no lo sabía con certeza, pero aun así empezó a señalar con el dedo. En algún lugar
entre el norte y el oeste, dijo, indicando con la lanza hacia el otro lado del Pantanal.
—¿Guatós? —preguntó Jevy.
El jefe frunció el entrecejo y sacudió la cabeza, como si la mujer viviera entre indeseables.
—Ipicas —contestó con desprecio.
—¿Estaba muy lejos?
—Un día.
Jevy trató de que concretara un poco más, pero muy pronto averiguó que las horas no significaban nada
para los indios. Un día no eran ni veinticuatro horas ni doce. Era, sencillamente un día. Probó a utilizar la idea
de mediodía y consiguió progresar un poco.
—Entre doce y quince horas —le dijo a Nate.
—Pero eso será en una de esas canoas pequeñas, ¿no? —preguntó Nate en voz baja.
—Sí.
—¿Cuánto tardaríamos en llegar?
—Tres o cuatro horas. Si conseguimos localizar el poblado.
Jevy tomó dos mapas y los extendió sobre la hierba. Los indios los miraron con gran curiosidad y se
agacharon cerca de su jefe. Para averiguar hacia dónde iban, primero tenían que establecer dónde estaban. Pero
la situación adquirió mal cariz cuando el jefe le dijo a Jevy que el río que los había conducido hasta allí no era,
en realidad, el Cabixa. En determinado momento tras su encuentro con el pescador, habían seguido una curva
equivocada y habían tropezado con los guatós. Jevy recibió la noticia con consternación y se la comunicó en voz
baja a Nate.
Nate se mostró aún más contrariado, pues confiaba ciegamente en Jevy.
Los mapas de navegación, con todos sus colorines, significaban muy poco para los indios. Jevy
prescindió rápidamente de ellos y empezó a dibujar otros por su cuenta. Comenzó con el anónimo río que tenían
delante y, sin dejar de conversar con el jefe, fue subiendo muy despacio hacia el norte. Los dos jóvenes iban
dando información al jefe. Jevy le explicó a Nate que eran unos consumados pescadores y que en ocasiones se
desplazaban al Paraguay.
—Contrátalos —le dijo Nate.
John Grisham El testamento
86
Jevy lo intentó, pero, en el transcurso de las negociaciones, averiguó que aquellos indios jamás habían
visto a los ípicas, no tenían demasiado interés en verlos, no sabían exactamente dónde estaban y no entendían el
concepto de cobrar por trabajar. Además, el jefe no quería que se fueran.
La ruta se desvió desde un río al siguiente, serpeando hacia el norte hasta que el jefe y los pescadores ya
no consiguieron ponerse de acuerdo acerca del camino a seguir. Jevy comparó su dibujo con los mapas.
—Ya la hemos encontrado —le dijo a Nate.
—¿Dónde?
—Aquí hay un poblado de ípicas.
—Señaló en el mapa—. Al sur de Porto Indio, al pie de las montañas. Las indicaciones que nos han dado
nos llevan muy cerca de él.
Nate se inclinó hacia delante y estudió el mapa.
—¿Cómo podemos llegar hasta allí?
—Creo que tendremos que regresar al barco y navegar medio día por el Paraguay rumbo al norte.
Después volveremos a utilizar la batea para llegar al poblado.
Los meandros del Paraguay recorrían una zona relativamente cercana a su objetivo y a Nate el hecho de
navegar en el Santa Loura le parecía una idea espléndida.
—¿Cuántas horas tardaremos con la barquita? —preguntó.
—Cuatro, más o menos.
En Brasil, «más o menos» podía significar cualquier cosa. Sin embargo, la distancia parecía mucho
menor que la que habían cubierto desde primera hora de la mañana.
—¿Pues a qué esperamos? —dijo Nate, levantándose y mirando con una sonrisa a los indios.
Jevy empezó a dar las gracias a sus anfitriones mientras plegaba los mapas. Ahora que ellos estaban a
punto de irse, los indios se mostraban menos hoscos y querían ser más hospitalarios. Les ofrecieron comida,
pero Jevy la rehuyó amablemente. Les explicó que tenían mucha prisa, pues tenían previsto regresar al gran río
antes de que anocheciera.
Nate los miró sonriendo mientras retrocedía de espaldas hacia el río. Los indios querían ver la
embarcación. Permanecieron de pie en la orilla mientras Jevy ajustaba el motor. Cuando lo puso en marcha, se
echaron hacia atrás.
El río, cualquiera que fuese su nombre, ofrecía un aspecto totalmente distinto cuando uno navegaba en la
otra dirección. En el momento en que ya estaban a punto de doblar el primer recodo, Nate volvió la cabeza y vio
que los guatós todavía permanecían en la orilla.
Eran casi las cuatro de la tarde. Con un poco de suerte, conseguirían atravesar los grandes lagos antes de
que anocheciera y penetrar en el Cabixa. Welly estaría esperándolos con las alubias y el arroz. Mientras hacía
esos rápidos cálculos, Nate sintió las primeras gotas de lluvia.
El fallo del motor no se debía a la suciedad de las bujías. Al cabo de cincuenta minutos, se paró del todo.
La embarcación quedó a la deriva mientras Jevy levantaba la tapadera del motor y atacaba el carburador con un
destornillador. Nate preguntó si podía ayudar y Jevy contestó que no. Por lo menos, no en lo que al motor se
refería; pero sí podía tomar un cubo y empezar a achicar, pues la lluvia estaba anegando la embarcación.
También podía tomar un canalete y procurar que ésta permaneciera situada en el centro del río, cualquiera que
fuera su nombre.
Nate hizo ambas cosas. La corriente los empujaba, pero a un ritmo mucho más lento de lo que Nate
habría deseado. La lluvia era intermitente. Cerca de una curva cerrada el río se hizo menos profundo, pero Jevy
estaba demasiado ocupado para reparar en ello. La embarcación adquirió velocidad y los rápidos la empujaron
hacia unos densos matorrales.
—Creo que necesito ayuda —dijo Nate.
Jevy tomó otro canalete y consiguió invertir la posición de la batea de forma tal que la proa chocara
contra la maleza y la embarcación no zozobrara.
—¡Agárrese! —exclamó mientras chocaban violentamente contra los arbustos.
Las ramas y enredaderas volaron alrededor de Nate, que se valió del canalete para apartarlas. Una
serpiente de pequeño tamaño saltó al interior de la batea justo por encima del hombro de Nate, pero éste no se
dio cuenta. Jevy la recogió con su canalete y la arrojó al agua. Sería mejor no decir nada.
Ambos se pasaron unos cuantos minutos luchando contra la corriente y también el uno contra el otro.
Nate tenía una habilidad especial para remar en todas las direcciones que no debía. Su entusiasmo por el remo
hacía que la embarcación estuviera peligrosamente a punto de zozobrar.
John Grisham El testamento
87
Cuando consiguieron apartarse de la maleza, Jevy se hizo de los dos canaletes y le buscó a Nate una
nueva tarea. Le pidió que se situara encima del motor con el poncho extendido para evitar que la lluvia cayera en
el carburador. Muerto de miedo, Nate permaneció en suspenso como si fuera una especie de ángel con las alas
extendidas, con un pie sobre un bidón de combustible y el otro en el costado de la embarcación.
Navegaron sin rumbo por el estrecho río durante veinte largos minutos. Con la herencia de Phelan se
habrían podido adquirir todos los relucientes motores fuera de borda de Brasil y, sin embargo, allí estaba Nate,
contemplando cómo un aprendiz de mecánico intentaba reparar uno que tenía más años que él.
Jevy cerró la tapa y se pasó lo que pareció una eternidad trabajando con el estrangulador. Tiró de la
cuerda del estárter mientras Nate pronunciaba una oración. Al cuarto tirón, ocurrió el milagro. El motor soltó un
rugido, pero no tan suavemente como antes. Vaciló y renqueó; Jevy ajustó los cables del estrangulador sin
demasiada suerte.
—Tendremos que ir más despacio —dijo sin mirar a Nate.
—Muy bien. Siempre y cuando sepamos dónde estamos.
—No se preocupe por eso.
La tormenta se situó muy despacio sobre las montañas de Bolivia y desde allí se desplazó con fuerza
hacia el Pantanal. Era tan violenta como la que había estado a punto de matarlos en el avión. Nate se encontraba
sentado en la batea bajo la protección de su poncho, contemplando el río hacia el este en busca de algo que le
resultara familiar cuando fue azotado por la primera ráfaga de viento. De pronto, la lluvia se hizo más intensa.
Nate volvió lentamente la cabeza y miró hacia atrás. Jevy ya lo había visto, pero había preferido no decir nada.
El cielo era de un color gris oscuro, casi negro. Las nubes estaban tan bajas que resultaba imposible
divisar las montañas. La lluvia empezó a empaparlos. Nate se sentía totalmente vulnerable e impotente.
No podían esconderse en ningún sitio, no había ningún puerto seguro donde amarrar la embarcación y
capear el temporal. Alrededor de ellos y en varios kilómetros a la redonda todo era agua. Estaban justo en el
centro de una zona anegada en la que sólo la parte superior de la maleza y las copas de algunos árboles podían
servirles de guía a través de los ríos y pantanos. No tenían otra alternativa que quedarse en la batea.
Un viento muy fuerte se acercó por detrás, empujando la embarcación mientras la lluvia les golpeaba la
espalda. El cielo se oscureció aún más. Nate hubiera querido guarecerse debajo del banco de aluminio, tomar su
almohadón hinchable y acurrucarse cubierto con el poncho, pero el agua estaba acumulándose en torno a sus
pies. Las provisiones se estaban mojando. Tomó el cubo y empezó a achicar.
Llegaron a un horcajo, por el que Nate estaba seguro de que antes no habían pasado, y después a una
confluencia de ríos que apenas pudieron distinguir en medio de la lluvia. Jevy redujo la abertura del
estrangulador, para examinar las aguas, aceleró y giró bruscamente a la derecha como si supiera exactamente
adónde iba. Nate estaba convencido de que se habían perdido.
Al cabo de pocos minutos el río desapareció entre un amasijo de árboles podridos, un espectáculo
memorable que antes no habían visto. Jevy dio rápidamente media vuelta. Ahora navegaban de cara a la
tormenta y ante sus ojos se extendía un panorama aterrador. El cielo era negro y las aguas bajaban turbulentas y
cubiertas de cabrillas.
Al llegar de nuevo a la confluencia, ambos hablaron brevemente a gritos por encima del fragor del viento
y la lluvia, y optaron por adentrarse en otro río.
Poco antes del anochecer cruzaron una vasta zona anegada, un lago provisional vagamente parecido al
lugar donde habían visto al pescador entre la maleza. El hombre ya no estaba allí.
Jevy eligió un afluente de entre los varios que había y siguió adelante como si estuviera acostumbrado a
navegar a diario por aquel rincón del Pantanal. Estallaron unos relámpagos y por un rato casi pudieron ver por
dónde iban. La lluvia amainó. La tormenta estaba alejándose poco a poco.
Jevy apagó el motor y estudió las márgenes del río.
—¿En qué piensas? —le preguntó Nate.
Apenas habían hablado durante el temporal. Se habían extraviado, de eso no cabía duda, pero Nate no
quería obligar a Jevy a reconocerlo.
—Deberíamos buscar un lugar donde acampar —dijo Jevy. Más que un plan, era una sugerencia.
—¿Por qué?
—Porque en algún sitio tenemos que dormir.
—Podemos hacerlo por turnos en la embarcación —propuso Nate—. Aquí estamos más seguros.
Lo dijo con toda la confianza de un experto guía fluvial.
—Es posible, pero creo que tendríamos que detenernos aquí. Si seguimos navegando en la oscuridad,
podríamos extraviarnos. «Llevamos tres horas extraviados», estuvo a punto de decir Nate.
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Jevy impulsó la embarcación hacia una orilla cubierta de vegetación. Se dejaron llevar río abajo por la
corriente sin apartarse de la ribera, iluminando las aguas someras con sus linternas. Dos puntitos rojos brillando
justo por encima de la superficie habrían significado que un caimán también estaba vigilando, pero, por suerte,
no vieron ninguno. Amarraron un cabo a una rama a dos metros y medio de la orilla.
La cena consistió en unas galletas saladas, un pescado en lata que Nate jamás había probado, bananas y
queso.
Cuando cesó el viento, aparecieron los mosquitos. Nate y Jevy se aplicaron repelente. Nate se frotó el
cuello y el rostro e incluso los párpados y el cabello. Los minúsculos insectos eran rápidos y persistentes y se
desplazaban formando unas pequeñas nubes negras de un extremo al otro de la embarcación. A pesar de que ya
no llovía, ninguno de los dos hombres se quitó el poncho. Los mosquitos lo intentaron por todos los medios,
pero no pudieron penetrar a través del plástico.
Hacia las once de la noche, el cielo se despejó un poco, pero no había luna. La corriente mecía
suavemente la batea. Jevy se ofreció a hacer la primera guardia y Nate procuró ponerse lo más cómodo posible
para dormir un rato. Apoyó la cabeza sobre la tienda y estiró las piernas. Se abrió un hueco en el poncho y, a
través de él, penetraron de inmediato docenas de mosquitos que empezaron a picarle la cintura. Se oyó un ligero
chapaleo, producido tal vez, por un reptil. La embarcación de aluminio no estaba hecha para que uno se reclinara
en ella.
Conciliar el sueño sería imposible.
Flowe, Zadel y Theishen, los tres psiquiatras que habían examinado a Troy Phelan hacía apenas unas
semanas y habían coincidido, tal como lo demostraba la cinta de video y habían reafirmado posteriormente en
unas largas declaraciones, que el millonario se encontraba en pleno uso de sus facultades mentales, fueron
despedidos. Y no sólo despedidos, sino también calificados de memos e incluso de chalados por parte de los
abogados de los Phelan.
Buscaron otros psiquiatras. Hark contrató al primero por una tarifa de trescientos dólares la hora. Lo
encontró en los anuncios clasificados de una revista jurídica que anunciaba de todo, desde cirujanos plásticos
especializados en reconstrucciones de partes corporales dañadas por accidentes hasta analistas de rayos X. El
doctor Sabo, retirado del ejercicio de su profesión, estaba dispuesto a vender su declaración. Tras un estudio
somero del comportamiento del señor Phelan, expresó su opinión provisional de que éste se hallaba claramente
