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John Grisham - El testamento.doc
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☆

Indio entendiese.

—Esperar —fue la respuesta.

—Vaya sorpresa.

Lako los encontró cuando el sol se estaba poniendo por detrás de las montañas. Jevy y el indio se fueron

a comer las sobras. Nate siguió al muchacho por el sendero que conducía a la vivienda de Rachel. La vio a la

puerta, secándose el rostro con una toalla. Tenía el cabello mojado y se había cambiado de ropa.

—Buenas tardes, señor O'Riley —dijo en aquel tono bajo y pausado que no dejaba traslucir emoción

alguna.

—Hola, Rachel. Llámeme Nate, por favor.

—Siéntese aquí, Nate —dijo ella, señalándole un corto y cuadrado tocón asombrosamente parecido a

aquel en que Nate se había pasado las últimas seis horas sentado.

El tocón se encontraba delante de la choza, cerca del círculo de piedras en cuyo interior ella encendía sus

fogatas. Nate se sentó, con las posaderas todavía entumecidas.

—Lamento mucho lo de la niña —dijo.

—Está con el Señor.

—Pero sus pobres padres, no.

—No. Sufren mucho. Es muy triste.

Rachel se sentó en la puerta de la choza con los brazos cruzados sobre las rodillas y la mirada perdida en

la distancia. El muchacho, casi invisible en la oscuridad, montaba guardia bajo un árbol cercano.

—Le invitaría a entrar en mi casa —dijo ella—, pero no sería correcto.

—Aquí no hay problema.

—Sólo los casados pueden permanecer juntos en el interior de las viviendas a esta hora del día. Es la

costumbre.

—Donde fueres, haz lo que vieres.

—Aunque lo de aquí queda muy lejos.

—Todo queda muy lejos.

—Pues sí. ¿Tiene apetito?

—¿Y usted?

—No. Pero es que yo como muy poco.

—Estoy bien. Tenemos que hablar.

John Grisham El testamento

104

—Siento lo de hoy. Estoy segura de que usted lo comprende.

—Por supuesto que sí.

—Tengo un poco de mandioca y de zumo,

—No, gracias, estoy bien.

—¿Qué ha hecho hoy?

—Pues hemos conocido al jefe, nos hemos sentado a su mesa durante el desayuno, hemos regresado a pie

al primer poblado donde tenemos la embarcación, hemos trabajado un poco en ella, hemos levantado la tienda

detrás de la choza del jefe y hemos esperado su regreso.

—¿Le han gustado ustedes al jefe?

—Es evidente que sí. Quiere que nos quedemos.

—Si quiere.

—¿Qué piensa de mi gente?

—Van todos desnudos.

—Siempre han ido de la misma manera.

—¿Cuánto tiempo tardó usted en acostumbrarse?

—No lo sé. Un par de años. Fui asimilándolo poco como todo lo demás. Sentí añoranza durante tres años

y en ocasiones todavía pienso que me gustaría conducir un automóvil, tomarme una pizza y ver una buena

película. Pero al cabo una se acostumbra.

—Me cuesta creerlo.

—Es una cuestión de vocación. Me hice cristiana a los catorce años y entonces comprendí que Dios

quería que fuera misionera. Yo no sabía exactamente dónde, pero deposité toda mi confianza en Él.

—Pues Dios eligió un lugar cojonudo.

—Me encanta su manera de expresarse, pero, por favor, no suelte tacos.

—Disculpe. ¿Podemos hablar de Troy?

Las sombras del ocaso caían rápidamente sobre ellos. Se encontraban a poco más de dos metros el uno

del otro y todavía podían verse, pero la oscuridad no tardaría en separarlos.

—Como guste —contestó Rachel con aire resignado.

—Troy tuvo tres esposas y seis hijos, al menos que nosotros supiéramos. Como es natural, usted fue una

sorpresa. No apreciaba a los otros seis, pero está claro que a usted la quería mucho. A los demás no les ha dejado

prácticamente nada, justo lo suficiente para cubrir las deudas. El resto se lo ha dejado a Rachel Lane, nacida

fuera del matrimonio el 2 de noviembre de 1954 en el Hospital Católico de Nueva Orleans de una mujer ya

difunta llamada Evelyn Cunningham. Esta Rachel debe de ser usted.

Las palabras cayeron pesadamente en el denso aire; no se oía ningún otro sonido. La silueta de Rachel las

asimiló y, como de costumbre, reflexionó por un instante antes de hablar.

—Troy no me quería —dijo por fin—. Llevábamos veinte años sin vernos.

—Eso no importa. Le ha dejado su fortuna a usted. Nadie tuvo ocasión de preguntarle por qué lo hizo,

pues se arrojó por una ventana tras firmar su último testamento. Tengo una copia para usted.

—No quiero verla.

—Y tengo otros papeles que me gustaría que me firmara, quizá mañana a primera hora, cuando podamos

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